Ola de desconfianza

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Por Mayra Montero 💬16 domingo, 11 de marzo de 2018

Ola de desconfianza

Cuesta creer que la directora interina de Turismo esté hablando de reconstruir el Paseo de la Princesa, a un costo que, según ella, ascendería a varios millones de dólares.

La pregunta obligada: ¿para qué?

¿No ha pensado que el año que viene, o el que le sigue, o el de más arriba, podrían repetirse las inundaciones y se perdería todo lo que se haga nuevo?

Estos fenómenos no pueden asumirse ya como eventos raros o aislados. Hay lecciones inapelables que es preciso aprender. Lo que acaba de suceder en nuestras costas ni siquiera ha tenido que ver con la temporada ciclónica propia, sino con un sistema extratropical que pasó lejísimos, pero que extendió al Caribe sus tentáculos.

Lo que deberían estar pensando las autoridades es en reunirse con los científicos que se han dedicado durante décadas a esto (y que mucho han advertido al respecto), y definir lo que debe dejarse quieto y no tocarse más, por tratarse de zonas vulnerables que, con el aumento del nivel del mar, ya está escrito que volverán a ser barridas.

El Paseo de la Princesa es muy bonito y todo, pero lo que habría que hacer es poner unos parchos, adecentarlo un poco y no gastarse más dinero en él. Resignarse a los embates del mar. Hay que enfrentar la realidad, incluso ésta, la que concierne al panorama medioambiental.

Más rápido de lo que pensamos, y con más energía de la que temíamos, el agua ha empezado a reclamar lugares que hasta ahora estuvieron a salvo. El dinero público no debe meterse en la misma piedra con la que acabamos de tropezar.

Causa no poca inquietud que en la Asamblea Legislativa estén sonando tambores de “investigación y mitigación” de daños.

Ya sabemos que ahora se dedican febrilmente a pesquisarlo casi todo (ah, también se dedican a proponer cambios de nombre a las calles), pero en este caso de las marejadas deben andarse con pies de plomo. El representante Eddie Charbonier, quién anunció que redactará una pieza legislativa para “evitar daños” en el futuro, debería saber que, hoy por hoy, hay una sola manera de evitarlos: desalojar y no permitir que se levante nada donde ya se demostró que no se puede. Me temo que esa sencilla solución no va a ser del agrado de los próceres, que no querrán ni oír hablar de mover a la gente, o detener la construcción de hoteles y complejos de vivienda. Tengo la sensación de que promoverán, uno tras otro, muros de contención y otros presuntos “remedios” que también tienen un elevado costo. No solo son obras laboriosas, levantadas con materiales caros, sino que a la larga el mar les gana siempre, y los resultados siguen siendo nulos.

Los expertos en mareas y movimientos del oleaje, sugieren que desviar la energía del mar de un área determinada, podría redirigirla con más fuerza a otras zonas del mismo litoral. En otras palabras: mientras algunos preservan, por algún tiempo, sus condominios, otros padecen el doble impacto de las mismas aguas.

Hace tres años, en el Senado, se presentó una resolución para estudiar el problema de la erosión en las costas. Anunciaron que se tomarían medidas urgentes de “conservación y recuperación”. Por supuesto, no se hizo nada. Si acaso, planificar nuevas construcciones a pie de playa, algo que ya debería estar prohibido.

Aún no se analiza a fondo cómo va a repercutir todo esto —los huracanes de septiembre y las mareas de marzo—en la relación con las aseguradoras. En el caso específico del Paseo de la Princesa, supongo que hay seguros que responderán por los daños. Pero cuando se reconstruya y haya que renovar esas pólizas, ¿qué compañía va a correr el riesgo, si no es a un costo astronómico?

Reconstruir donde ya el mar se lanzó y dejó su advertencia, como una nota de visita, es una temeridad. El Gobierno no tiene justificación alguna, en una economía quebrada —y ni aun cuando estuviera boyante— para seguir despilfarrando.

En cuanto al caso de aquéllos que insisten en levantar hoteles o edificios de viviendas en la orilla, a riesgo de su propio dinero, y del de la gente que adquiere las propiedades, hay un factor que nos incumbe a todos. Lo mencionaba el oceanógrafo Aurelio Mercado en su columna más reciente en este diario: una vez que el mar socava los cimientos, y empieza a romper muros de contención, y verjas y paredes, las playas se van llenando de escombros y quedan inutilizadas. Solo hay que ver las orillas de algunos de los mejores parajes de Rincón: el basural que incluye alambre de púas (vestigios de una seguridad fallida), ladrillos, muebles y varillas al aire.

Hace dos meses, sectores científicos y comunitarios clamaron por FEMA y el Cuerpo de Ingenieros para que los ayudaran a limpiar las playas de Rincón. Se necesitan equipos complejos a los que ni el mismo Gobierno tiene acceso. Es obvio que hay que recoger y dejar todo aquéllo lo más natural posible. Lo mismo en el Paseo de la Princesa. Pero que se sepa que no habrá aseguradora que les caliente el caldo, ni la más mínima ayuda federal, si el Gobierno vuelve a dar permisos para hacer las cosas donde no se deben. Los mapas de zonas inundables no están para poner la taza del café. Y de hecho, FEMA anunció que en su segunda fase de trabajo en la Isla, irán sobre ellos y harán los cambios que estimen necesarios.

Ténganlo en cuenta para el proyecto de la Cámara los honorables que anuncian que van a “investigar y a mitigar”.

Los oigo, y no sé por qué siempre me inunda otra imponente ola: la de la desconfianza.

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