¿Porqué los problemas nunca se acaban?

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Por Thomas Jimmy Rosario Martínez

Nuestra sociedad está tan contaminada de gente insuficiente por un lado y de politiqueros por el otro, que los problemas sociales parecen nunca tener fin. Al son que nos tocan, nunca vamos a tener tranquilidad absoluta. Todos sabemos que la crítica ayuda a transformar el mundo. Pero de tanto dar la gota en la piedra, se abren fisuras.

Les voy a decir un secreto de vida que descubrí hace unos años. La mente y el cuerpo necesitan descanso. Hay guerreros que de tanta exposición al calor social,  literalmente se queman. Porque nadie es tan sabio que pueda opinar de todo tema todo el tiempo. A mi me parece que ese es el caso de Héctor Ferrer. Con buenas intenciones, ha pretendido hacer un trabajo heroico descuidando el templo de su alma que en recientes años estuvo frágil. Lo mismo le pasó a Severo Colberg Ramírez, un presidente cameral del pasado al que le llamaban “el látigo” por su estilo fuerte y constante.

El que emite un criterio, debe esperar una respuesta por la ley de física que establece que a cada acción hay una reacción. El que está en su concha privada, no hace nada generalmente ante un estímulo pero el que está en el foco público o quiere que los demás lo reconozcan, opina hasta de lo que no le preguntan.

Hay que ser selectivo con los opinantes. De madrugada escucho los “comunicadores sociales” de Radio Uno que casi siempre dicen lo mismo sobre distintas cosas, lo que les hace predecibles. Luego leo los periódicos y redes sociales donde cada persona o grupo asume defensas u ofensas dependiendo de las ideas que creen, pero sin profundidad en sus escritos o aseveraciones. Siempre se quedan echando la culpa a los otros.

En esa superficialidad estamos inmersos. Nunca hay información suficiente y de la poca que se recibe, se desmenuza en teorías vanas e inútiles. Por eso los problemas nunca se acaban. Estamos en el marullo de la orilla cuando hay una gran ola que nos arropa.

La solución está en dar más información y menos opinión. Hay que dejar que la gente se eduque y pueda razonar sin la aventura de irse por la tangente, que significa evadir una pregunta que comprometa o minimizar para restar la importancia del asunto. Ser menos simplistas, que es causa de insuficiencia o deficiencia. Debemos promover el razonamiento individual integral, con la vista de tope, para poder visualizar todo el panorama y no una parte solamente.

Si no cambiamos la ruta, seguiremos recibiendo lo que nos quieren decir y no lo que debemos escuchar para informarnos y formarnos. Ese cambio deberá comenzar con cada uno de nosotros y extenderse a todos, para no seguir cayendo en la sordera y ceguera mental y terminar quemados como los otros.

 

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