endi.com| Yarimar Bonilla| El conejo de todos los males

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En un mes de mucha lluvia y pocas noticias, las redes sociales se abarrotaron de debates en torno  a la figura del trapero Bad Bunny.

Primero causó controversia cuando desempolvó a La Comay para anunciar un nuevo concierto. Luego se formó un revuelo cuando el gobernador le pidió “a nombre del pueblo de Puerto Rico” que abriera una función adicional—pedido que el cantante se ha negado a contestar por considerar que hay asuntos muchos más importantes que atender, como el cierre de escuelas.

A pocos días explotó la controversia una vez más cuando una “maestra frustrada” ventiló contra el cantante sus resentimientos profesionales en un post de Facebook: “¿Cómo es que yo como maestra después de años de estudios apenas logro pagar mis cuentas, mientras usted por rimar palabras obscenas gana millones?” La maestra parece echarle la culpa al trapero por la posible creación de una “generación de imbéciles”, y hasta llega a verlo como señal de un futuro distópico: “¿Será que llegará el tiempo en que ya nadie quiera aprender y solo tratarán de versar palabras indecentes, el denigrar a la mujer será su mayor logro, y cerrarán nuestra escuelas?”

Al leer esta nota, reproducida en la prensa, me tuve que preguntar: ¿Cómo es posible que un cantante de 24 años se haya convertido en el símbolo de tantos males en Puerto Rico? ¿Por qué esta maestra arremete contra Bad Bunny por ganar millones, pero no contra Natalie Jaresko con su astronómico salario de $625,000 anuales? ¿Por qué si está preocupada por el cierre de escuelas y el futuro de la educación no le dirige su mensaje a Julia Keleher, que como bien señala Bad Bunny en su respuesta, es quien dirige ese sistema? ¿Cómo es que Bad Bunny llega a ser el blanco de tantas críticas y la imaginada raíz de tantos problemas sociales?

Me parece que la furia alrededor de Bad Bunny se ha convertido en lo que los sociólogos llaman un “pánico moral”. Esto consiste en la creación de un símbolo que encarna los problemas de la sociedad, hacia el cual el público canaliza sus preocupaciones y sobre el cual se debate para restablecer normas sociales. Las características principales de un pánico moral son: (1) la amenaza percibida es desproporcional a la real; (2) los medios de comunicación enmarcan el problema dentro de estereotipos comunes de raza, clase y género, que son reconocidos fácilmente por un público que ya está acostumbrado a reproducir dichos discursos; y (3) se utiliza el pánico moral para afianzar normas sociales o justificar políticas que recrudecen las jerarquías de raza, clase y género. En el fenómeno del conejo malo podemos ver en juego cada uno de estos aspectos.

Pero, ¿quién es Bad Bunny? Cabe recalcar que Bad Bunny es Benito Antonio Martínez Ocasio, un joven de Vega Baja, hijo de una maestra retirada y un camionero, que comenzó a cantar en el coro de su iglesia. Benito no viene del “bajo mundo” sino que estudiaba comunicaciones en la UPR-Arecibo mientras trabajaba a tiempo parcial como empacador en un supermercado. Desde niño le gustaba la música y hacía sus propias canciones, que compartía en las redes sociales. Fue así como sus productores lo descubrieron cuando sus canciones se tornaron virales.

Ya aquí esto nos dice algo: este supuesto símbolo de violencia y criminalidad es un producto de la clase media. Como tal sus canciones no representan realmente crónicas, sino fantasías, del bajo mundo. Esto es muy común dentro de este género en el que reina la exageración y en el que los jóvenes buscan representarse como heroicos protagonistas de lo que en realidad es una cotidianidad banal y asfixiante. Quizás es por esto mismo que Bad Bunny ha calado tan profundamente en el imaginario de la clase media boricua: porque refleja claramente sus fantasías, sus miedos y sus prejuicios.

Se dice que su lírica es misógina y violenta. Ciertamente sus canciones suelen caer en los libretos trillados de la música popular: sexo, drogas, dinero, fama. Pero realmente no son crónicas de violencia sino más bien usan metáforas de violencia para hablar de los mismos temas que reinan en los boleros y las canciones románticas: el amor, el desamor, la traición y el despecho. Por ejemplo, en la canción Soy peor, Bad Bunny declara que le rompieron el corazón, que lo traicionaron, y jura que no se volverá a enamorar. La única violencia a la que hace alusión es cuando dice que por despecho “compré una forty y a cupido se la vacié”. En el vídeo aparece un hombre con una capucha metido en el baúl del carro; luego se revela que es el mismo Bad Bunny, el rehén de su propio corazón.

Aun la canción Chambea, que es la que más se asocia con la violencia y glorificación de las armas, engaña. El vídeo empieza con una introducción por Ric Flair, estrella de la lucha libre americana—género por excelencia de la exageración y la parodia. En el vídeo no aparece ni una sola arma, sino un grupo de amigos jugando Nintendo. Al escuchar atentamente uno se da cuenta que de lo que se habla es del “fronte” y el “guille”, o sea, del que “chambea” pero no “jala”, lo que otros cantantes llaman el “buchipluma na’ ma”. Es cierto que se muestran “pacas” de dinero y mujeres bailando sugestivamente, pero también sale Bad Bunny con espejuelos rositas y un gabán floreado, bailando con un cinturón de lucha libre en la mano.

Me parece que aquí lo que se celebra no es tanto la violencia sino el espectáculo de guapería del cual la lucha libre es emblemático.

Se dice que su lírica es grosera y representa a la mujer como un objeto sexual, pero igual se podría decir que es sumamente “sex positive”— el énfasis no es exclusivamente en el disfrute del hombre sino también en el placer de la mujer. Además, aunque tiene algunos vídeos en los que salen mujeres en bikini, también tiene otros, como Dime si te acuerdas, donde sale una pareja de edad “dorada” que se reencuentra con nostalgia en un centro para envejecientes.

Recientemente la diva ponceña Ednita Nazario incluyó un medley de canciones de Bad Bunny en uno de sus conciertos, y declaró que no nos debemos escandalizar por el amor y el sexo. Lo cierto es que al final de cuentas las canciones de Bad Bunny no son más escandalosas que ciertas baladas “corta venas”, como A que no le cuentas o La prohibida, de la misma Ednita, que narran la cultura de infidelidad boricua y celebran la sexualidad de la mujer. Las canciones de Bad Bunny no están libres de sexismo, pero no se comparan con canciones violentas “del ayer”, como Amor trágico, de la autoría de Perín Vásquez pero hecha famosa por el legendario dúo Quique y Tomás, en la que se dice que el cantante quiere besar a su amada y luego “rodear tu cuello con un cordón de seda y apretar bien el nudo para que más nadie pueda jamás poner los labios donde los puse yo”. Estas líricas son mucho más violentas, pero al estar libre de palabras soeces nos parecen “bonitas”.

En estos días, el éxito Estamos bien ha dado mucho de qué hablar. Algunos sienten que el tema encubre los males de la sociedad con una fachada artificial de sonrisa y felicidad. Pero casi no se ha hablado de que él cantó esta canción en el programa The Tonight Show, donde le reprochó a Donald Trump el querer encubrir las muertes de María.

Luego de este reclamo es que entonces dice “But you know what? Estamos bien. Con o sin billetes de cien”. En ese momento, Estamos bien no representa un himno de escapismo sino de resiliencia. Es el reflejo musical de la actitud de miles de personas que han puesto sus propios techos, que han alimentado sus propias comunidades, y que han buscado la manera de sobrevivir y resistir sin tener que recurrir a la migración y el exilio. Es decir, no es ni más ni menos problemático que el “palantismo” que se promueve todos los días en cada rincón del país.

Pero lo que realmente me parece preocupante es que se detone un pánico moral alrededor de un cantante que no amerita tal nivel de alarmismo. Mi punto no es defenderlo. Más bien mi pregunta es: ¿Quién se beneficia de este pánico moral? ¿Y quién está en riesgo de perjudicarse? ¿Cómo es que los miedos y las preocupaciones de la clase media: el moralismo, el pudor y el desprecio a todo lo asociado con clases de menos recursos se movilizan una y otra vez para distraernos de las verdaderas amenazas?

Ciertamente cuando nos distraemos hablando de Bad Bunny nos olvidamos de que Keleher ha cerrado escuelas, eliminado la semana de la puertorriqueñidad y gastado millones en promover “valores” de cartón. Cuando nos preocupa la violencia de las líricas del Trap nos olvidamos de que el secretario de Seguridad Pública, Héctor Pesquera, anduvo negando los muertos de María y promoviendo fuerzas de seguridad privada que llevan a una preocupante militarización del país. Cuando entramos en brote por la cultura misógina de la industria musical nos olvidamos de todos los que votaron en contra de la perspectiva del género, los que les quitan fondos a programas para víctimas de maltrato y los que explotan sus puestos de poder convirtiendo las alcaldías en casas de desprestigio.

La impunidad de los políticos y su indiferencia frente a la violencia real (física, social, económica, burocrática, etc.) que se le inflige día a día a los puertorriqueños es lo que verdaderamente nos debe causar pánico y no el que un joven de 24 años cante sobre chambear mientras juega Nintendo.

La autora es profesora en Rutgers University.

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