Tenemos que fortalecer nuestra nación puertorriqueña

Thomas Jimmy Rosario Martinez por Rudy Rivera

Por Thomas Jimmy Rosario Martínez

Si la historia no nos sirve para reflexionar, descartémosla. Porque de nada sirve que la conservemos.

Se ha dicho por siglos que Puerto Rico se descubrió el 19 de noviembre de 1493 lo que es Falso. Eso ocurrió días antes a esa fecha,  muchos siglos atrás por sus primeros pobladores y posteriormente para invasores que gracias a la arqueología sabemos que provienen de otros lugares.

La historiadora Dra. Aida Caro nos hacía leer las crónicas de un testigo de la época para llevarnos a concluir que el descubrimiento había sido el 16 de noviembre, de conformidad con el avistamiento que se hizo de tierra. Lo demás es desembarco y comienzo de la colonización, e iniciar relaciones internacionales con la nación puertorriqueña, que entonces tenía el nombre de Boriquén entre los aborígenes.

Puerto Rico es una clara nación cultural. Aunque se identifica así desde sus comienzos a mitad del Siglo XIX, cada vez hay más información de que nuestra identidad está definida anteriormente.

La política, o sea, la ciencia de administrar y de orientar al país para tratar de resolver sus asuntos domésticos y exteriores, es otra cosa. El más importante de los que no hemos resuelto, porque no lo hemos decidido nosotros, es el asunto colonial. Y aunque primero se le echaba la culpa a España y luego a Estados Unidos, les recuerdo que ya somos una nación mayor de edad y que no necesitamos el permiso de nuestros padres adoptivos para resolver lo nuestro. Nuestro defecto ha sido el no haber aprovechado ni creado las oportunidades para reclamarlo.

Dejemos de procastinar nuestro futuro y pensar en ganar más tiempo que será nuevamente perdido. Mientras tenemos un sentimiento solidario con la música y la gastronomía, por ejemplo, no nos ponemos de acuerdo en el tipo de acercamiento a Estados Unidos de América. Tradicionalmente hemos rechazado el inglés mientras no estamos obligados a hablarlo cuando nos unimos a las comunidades laborales continentales. No aspiramos a puestos al Congreso representando a Puerto Rico ni a votar por el Presidente hasta que residimos en Nueva York o en Orlando. No ponemos una bandera de Puerto Rico en nuestras casas el 19 de noviembre pero sí la americana el 4 de julio si nuestra vida la hacemos en alguno de los estados.

Acá queremos ser bien puertorriqueños y allá, bien americanos. Si admirara a Luis Gutierrez, no diría que hace eso por oportunismo político y por dinero.  Pero no lo admiro. Tampoco creo en Nydia Velázquez, piedra de tropiezo de muchas de las gestiones que nos pudieron beneficiar, ni en  otro legislador que ni se menciona porque elevado a una sociedad racista en su estado, se olvida de su origen. Es mi gente, pero no los conozco lo suficiente, porque son demasiado diversos, independientes y a veces indescifrables.

Puerto Rico es una nación, pero no pertenecemos a las Naciones Unidas porque no somos independientes de los Estados Unidos. Algunos de los que profesan esta fórmula de status, para distanciarse del partido legal, se llaman soberanistas. Por eso y por otras cualidades,  los independentistas son también variados, cada uno con una forma de pensar, algunos creyendo ser herederos del Dr. Betances, de Don Gilberto, Don Pedro, de Filiberto o de todos.

Nuestro futuro va a depender del cristal conque se mire.  En las últimas décadas de creernos más ricos que nuestros vecinos nos hemos convertidos en mendigos porque nuestra nacionalidad económica ha quedado maltrecha por culpa de los políticos en los cuales pusimos la fe. Y lejos de crear un mejor futuro, se lo comieron. Nos dejaron sin autoestima y con el acecho constante de un presidente alocado y de unos congresistas que no tienen obligación inmediata, por no ser nosotros sus constituyentes.

Ahora tenemos que volver a creer en lo que podemos hacer en medio de una política de intereses que aseguran la parte de sus inversiones financieras personales y del ambiente en que sacan sus ganancias en un juego en el que no quieren perder. Esos no creen en la prioridad de rehacernos, sino de reproducir sus bienes.

La independencia siempre estará latente, aunque seamos estado, porque ningún gobierno ni imperio es para siempre. Así, que ser nacionales de Puerto Rico debe ser siempre el motivo principal de los que nos quedemos aquí y de las nuevas generaciones que decidan no emigrar.

Lo ideal es que Puerto Rico sea una nación que pueda decidirlo todo. El Estado Libre Asociado, que pareció tener eso, debió transformarse en estadidad para que pudiéramos tener una economía y fortaleza y la calidad como los demás estados lo tienen. El partybus se nos fue, pero podemos tomar otro vehículo. Aun Estados Unidos no se ha disuelto y después del Trumpismo, deberá venir un armisticio de la guerra mediática que no nos confunda y nos redirija a donde queramos estar como pueblo.

Fortalecernos como nación es presentar un frente fuerte a los que nos consideran menos, porque algo distinguible es mejor carta de juego que negarnos a nosotros mismos, aparentando inútilmente tener lo que ellos tienen y fingir que somos como ellos. Lo que ellos necesitan es lo que tenemos nosotros. Como dicen por ahí, somos la diferencia, porque nuestro valor principal es nuestra cultura y costumbres que es una roca firme que se antepone a la suya, débil por muchos factores históricos y presentes.

Ser nación es un logro alcanzado, nadie nos lo va a quitar ni absorber, como en un pasado se temía y se tenía de cuco.  Habrá siempre algunos que querrán ser más americanos. Otros entenderán que al igual que se puede ser sanjuanero y vegabajeño a la misma vez,  ser puertorriqueño también es un sentimiento del alma que llevamos en nuestro adentro, que nos permite ser cubano, mexicano, dominicano o con lo que se sienta identificado por orígen o raíces. Todos cabemos al definir nuestra idiosincrasia.

Nuestra nación a veces es visible por los estereotipos de la raza o el acento del lenguaje español que hablamos. Pero en ocasiones es el canto de una de nuestras divas, ruiseñores o combos que nos interpretan canciones en todos los idiomas,  de un buen mofongo con carne frita,  de arroparnos con cualquiera de nuestras banderas puertorriqueñas, de sorprender al mundo con la actuación de una niña sosteniendo con firmeza una pequeña raqueta de tenis o de un poderoso líder de un equipo campeón del mejor béisbol del mundo.

Debemos cambiar el nombre del Día del Descubrimiento por Día de la Nación Puertorriqueña. Ella existe y aunque sea con muletas y parchos, puede crecer para nuestro deleite humano, para servir a todos los ideales políticos y fortalecer nuestro futuro. 

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