Miguel Angel Ojeda Trinidad

MIGUEL OJEDA 65 ANOS

Por Thomas Jimmy Rosario Martínez

Miguel fue primero amigo de mi padre. Ambos fueron presidentes del Comité Municipal y candidatos a alcalde por el Partido Independentista Puertorriqueño en épocas en que no coincidieron, pero igual había una parada en la Fotografía Rosario para conversar. Luego nos hicimos socios para luchar por Vega Baja, conociendo ambos nuestras diferencias ideológicas pero cuando hay amor, solo se conocen atrechos y se construyen sólidos puentes.

Con él la tolerancia era absoluta entre nosotros, su regla era que ninguno fallaba ni  estaba equivocado. Como tenia muchos compromisos y posteriormente con la limitación de su enfermedad, él me daba una idea o un deseo. Yo le escribía un borrador de mensajes y proyectos legislativos que el perfeccionaba. En ocasiones daba alas a primicias legislativas que se publicaban con su nombre como legislador municipal, pero siempre estaba presente el persuadir a sus compañeros de distintos partidos en iniciativas ciudadanas u originadas por él y dar su voto en aquellas otras medidas razonables.

En la Legislatura Municipal, era un llanero solitario, pero en muchas veces fue parte de la mayoría o de la totalidad del cuerpo, solidario con la oposición novoprogresista o valiente defensor de las causas que creía justas.

En el plano personal, era el centro del amor de su familia ascendente, descendente y extendida. Con su padre, madre, esposa, hijos y nietos era muy apegado y se sentía orgulloso de todo lo que hacían. Con sus amigos, era muy servicial y generoso.

Hay tres ejemplos que conozco de esa constancia humana en los desaparecidos Juan Carlos Rosario, Héctor Figueroa Casanova y Joe “el abogado”. Al primero el le ofreció de sus propios medicamentos para la diabetes y a Héctor y a Joe los honró de varias maneras, en vida, como debe ser. En su lecho de enfermo Héctor pudo escuchar, interpretado por mi hijo y él, la pieza musical que compuso Héctor, “Corazon Agradecido”. Pero también estuvo presente cuando dejaron el mundo, consolando con palabras espirituales a los deudos.

En la música encontró muchos compañeros. Sufrió por los que desviaron de su propio camino y cuando y cuanto pudo, los ayudó a rehabilitar. Fue educador en varios niveles, además de director escolar. En Manatí una cancha de una escuela lleva su nombre. En  Alturas de Vega Baja donde residía participó de las actividades comunales y deportivas.

Lo bromeaba diciéndole que era un ejemplo de doble ciudadanía pues amaba tanto a Morovis, su pueblo de origen, como a Vega Baja, que lo adoptó. Para su retiro definitivo compró un solar en el campo, donde sembraba, cosechaba y compartía semillas y frutos. En la casa de mi padre hay parte de esas dádivas.

En su vivienda, hay un asta y una bandera de Puerto Rico. Eso prueba como vivió, un hombre público, amante de su patria que no se escondió de nadie ni de nada hasta que tuvo  voluntad. Allí convirtió ese hogar en lugar de visitas de todas las personas importantes que conoció a su paso. Fuera del espacio de sus ejecutorias públicas era lugar de cavilación y de hacer más planes para beneficiar a los demás.

Sus llamadas telefónicas a cualquier hora y sus visitas sin anunciar pidiendo mi cooperación para resolver asuntos es parte de mi testimonio de vida. Yo soy testigo de su energía interminable, a veces ansiosa y desesperante ante la acción de otros o cuando innecesariamente se complicaban los problemas. Siempre admiré su vocación de servicio, pero también que me permitiera opinarle en lo que yo considerara que fueran sus aciertos y equivocaciones. Eso sin duda deja una huella en mi interior porque esa es la verdadera definición de amigo.

Esa estela de una estrella fugaz como lo somos todos en esta corta vida, dejó su marca en nuestro cielo. Desde ahora nos resta honrarlo y tenerlo como ejemplo para nuestra generación y las que vengan. Nos va a hacer falta, pero podemos vivir con su ejemplo y el recuerdo grato que nos ha dejado con su historia.

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