Mejorar actitudes para mejorar nuestra historia vegabajeña

Por Thomas Jimmy Rosario Martínez

La vida es un proceso que va dejando unas huellas. Esas huellas se llaman historia, pero sólo existen cuando se cuentan. Y para contarlas hay que recopilarlas con cuidado y analizarlas sin apasionamientos, excepto el que motiva escribir una historia verdadera.

A falta de obras sobre historia vegabajeña bien documentadas, a veces dependemos de lo que ya se ha dicho o presentado, aunque no sea una verdad absoluta o siquiera una verdad. Carlos Ayes nos previno de caer en ese error en su escrito sobre el libro de Wilhelm Hernández, Desde sus techos de tejamaní y de nubes.

Antes se elogiaban los escritos sobre historia de Vega Baja por el solo hecho de publicarlos, que siempre ha sido un reto, porque llenaban un vacío.

Hay muchos mitos sobre cómo escribir, algunos de los cuales trata en uno de sus ensayos el fenecido historiador Fernando Picó, en un libro recién publicado. Se habla incluso de escuelas formativas. En la historiografía puertorriqueña se reconoce un ciclo donde la historia que se contaba era la oficial que respaldaba la gestión gubernamental, en la que los historiadores que querían participar de la producción en masa de libros y revistas, debían ponerse al servicio del gobierno y de los postulados que sostenían al Estado Libre Asociado y la grandeza del modernismo y respeto de derechos que se habían creado por el Partido Popular. Los estudiantes de esa época fuimos recipientes de ese enfoque.

Una Secretaria de Estado de otro gobierno de ideología distinta nos quiso hacer creer que los puertorriqueños invitamos a los americanos a invadirnos. Los escritores independentistas, por su parte, de hecho los más prolijos, maldicen a unos y otros y crean su propia versión heroica de los que nunca tuvieron el poder de convencimiento a las masas y donde algunos optaron por otros medios. En algunas ocasiones, tienen razones que nos sirven a todos, pero en todo caso, la historia oficial lamentablemente es definida por el gobierno triunfador.

Hace dos décadas un grupo de historiadores nos reuníamos en un salón que nos había cedido la Legislatura Municipal donde compartíamos el conocimiento, las fuentes y la interpretación de la historia vegabajeña. Hoy día esas sesiones se dan bajo la Escuela de la Historia Vegabajeña de una manera limitada pero con una agenda ambiciosa hacia el futuro.

De alguna manera todos tenemos responsabilidad de la buena historia y de la historia equivocada. Afortunadamente hay muchas personas buenas trabajando constantemente desde abajo en historias de los barrios y sectores como Mily Navedo con el Alto de Cuba, Herminio Marrero con el Ojo de Agua, Luis Mejías con Ceiba Sabana y otros conscientes de que la historia de la unidad que es el Municipio de Vega Baja es la suma de todos los demás componentes como lugares, sectores y barrios. Otros buenos vegabajeños, con sus propias habilidades, como los fotohistoriadores, (Ricardo Salvá, Tony Muñiz y Luigi, Edgardo Pabón ) estan haciendo un buen inventario de imágenes, tan importantes en todo recuento.

Fuera de Vega Baja, José Luis Colón González no se ha olvidado a pesar de la distancia. En octubre dará a la luz su segunda edición de Caribe China, una industria local que benefició la economía y aun nos da un gran orgullo por la labor que ahí realizaron nuestros compueblanos. Mientras, sigue haciendo extraordinarias y serias contribuciones a la historia de Puerto Rico.

Carlos M. Ayes Suárez, al igual que José Luis, tiene un doctorado en historia y también ha puesto su interés en nuestra historia local. Su tesis es un trabajo importante por sus fuentes anteriormente desconocidas, por su aclaración y nuevas ideas sobre nuestra prehistoria e historia.

Mi temor es que las historias que estamos haciendo son incompletas al saque. Lo he señalado antes y se me ha demonizado, pero nadie tiene el monopolio de la verdad ni el manejo de todo el conocimiento de un tema. Conozco que varias instancias donde estando disponible fuentes para un estudio se han negado a historiadores, lo que limita, a mi entender, de una manera criminal, lo que supone ser documentación pública asequible. En este momento, los nombres de los acaparadores y obstruccionistas de la historia no son importantes. Es mejor, para todos, recurrir a la persuasión y cooperación y lograr un mejor ambiente entre investigadores.

Agrupar a los que nos interesa la historia completa y verdadera nos alejará de las historias de escritorio y nos proporcionará mejores herramientas para lograr nuestros escritos. El intercambio es bueno para el historiador y para la historia.

Para llegar a la verdad y “armar la historia” necesitamos recoger los fragmentos dispersos que la componen. En la soledad, solo podremos recurrir a la nostalgia y a la simpatía. Necesitamos adentrarnos en la caverna de Platón y usar la luz del mejor entendimiento para poder iluminar la oscuridad en que aun yace parte de la historia vegabajeña, pero tenemos que comenzar por la actitud de los historiadores.

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