La triple condena de 1867

Por: Abimael Castro Rivera

​A mediados del siglo 19, Puerto Rico estaba sumido en desgracias ante el registro de epidemias (como fiebre amarilla y cólera), el azote de fuertes temporales y las sacudidas abruptas de la tierra. Fue el otoño del año 1867 uno de los más devastadores, periodo en el cual se manifestó la furia de un huracán en octubre y un terremoto y tsunami en noviembre. Dado a la falta de instrumentación y acceso a información en esa época, hay una variedad de informes que reflejan cierta contradicción sobre la manifestación de estos eventos; en el caso del huracán, por ejemplo, sobre su trayectoria a través de la isla. No obstante, para este tiempo ya se emitían reportes de presiones barométricas, totales de lluvia, observaciones de daños y anécdotas orales o escritas. Un ejemplo de estos escritos es el del  antiguo jefe de Obras Públicas, Don Vicente Fontán y Mera, titulada “La memorable noche de San Narciso y los temblores de tierra”, que es la base fundamental de la descripción que aquí proveemos.

Fue el martes, 29 de octubre de 1867 que la situación por la cual atravesaban los más de 600,000 habitantes de Puerto Rico se agravó como consecuencia de la cercanía de un poderoso huracán. Las primeras observaciones del ciclón tuvieron origen en las islas de Sotavento, a eso de las 6:00 a.m., seguido por el impacto directo que a las 11:00 a.m. recibió la isla vecina de Santo Tomás. En dicha isla, los vientos máximos registrados fueron de 74 mph, lo que hoy día es equivalente a un huracán categoría 1. Sin embargo, y a juzgar por la presión atmosférica registrada (28.5 inHg o 965 milibares), hoy día se hubiese categorizado como un ciclón mayor. El temporal también estaba acompañado de lluvias torrenciales que, junto a los vientos, resultaron en cientos de muertes por ahogamiento y daños a decenas de embarcaciones. Las observaciones meteorológicas llevaron a la conclusión de que el ciclón tenía una ruta mayormente hacia el oeste, ubicándose cerca de la latitud. 18°N y longitud 64°O, con una velocidad de traslación estimada de 14 mph. Cabe destacar que días anteriores se había reportado una baja presión entre Puerto Rico y La Española, a lo cual algunos le atribuyen la razón de un leve giro en la ruta del huracán San Narciso hacia el suroeste y que más tarde resultase en azote directo para ambas islas. Ese mismo sistema de baja presión produjo entonces, un debilitamiento de dicho huracán.

Así fue como a eso de las 5:00 p.m. de aquel 29 de octubre el ojo de San Narciso ya se ubicaba al norte de Vieques, con vientos aproximados de 80 mph (que hoy se categorizaría como huracán categoría 1). Más tarde, poco antes de las 6:00 p.m. hizo su entrada a la isla entre Fajardo y Humacao con vientos estimados de 115 mph. Los registros meteorológicos, publicados un año más tarde, mostraron una presión de 29.4 inHg o 995 milibares en el municipio de Arroyo, siendo esto la lectura más baja reportada. Cabe destacar que esta lectura es un valor relativamente alto, considerando los estragos que San Narciso generó a través de las islas que azotó. El resumen meteorológico del mes de octubre, publicado el 9 de noviembre en el periódico La Gaceta, detalla la furia del ciclón por un periodo de 3 horas, culminando cerca de las 9:00 p.m. del 29 de octubre. Finalmente, este se retira por el oeste del país, retomando organización y energía en el Canal de la Mona. En los informes mensuales de precipitación, reportados en los diarios de aquella época, se indica una cantidad de lluvia de apenas 21 milímetros, lo cual no va a la par con los daños, posiblemente por la falta de instrumentación.

Los daños asociados al paso de este temporal fueron considerables y se extendieron por gran parte de la isla. Para ese entonces, Puerto Rico tenía 67 municipios. De esos municipios, 66 reportaron condiciones de huracán, pero solo 57 reportaron impactos considerables en términos de daños a la agricultura e infraestructura. Las pérdidas se desglosan de la siguiente manera: 211 muertes y centenas de heridos, también se reportaron daños en cientos de viviendas, 62 edificios públicos, 16 puentes y 14 buques. Se señala que los municipios con mayor número de muertes fueron: Gurabo (19), Manatí (19), Fajardo (13), Trujillo Alto (13), Río Grande (12), Caguas (11) y Aguas Buenas (11); Morovis y Ciales también son mencionados en otras fuentes.  Por otro lado, a nivel

económico los estragos ascendieron a más de 12.9 millones de escudos, siendo los municipios de Naguabo, Ponce, Juana Díaz, Manatí, San Germán y Humacao los de mayor impacto económico. Las pérdidas se desglosaron de la siguiente manera:

  • 121,647 escudos en casas y edificios públicos (como, por ejemplo, cementerios, puentes, puertos, iglesias casas de Rey y carnicerías)
  • 376,830 escudos en perdida de ganado
  • 2,834,162 escudos en casas particulares (bohíos y viviendas pobremente construidas)
  • 3,777,824 escudos en productos y sus derivados (por ejemplo, caña, maíz, arroz, frutos menores)
  • 5,750,179 escudos en otros daños

Otros de los informes de daños significativos tuvieron lugar en Yauco, Guayanilla y Toa Baja. En estos municipios, los daños por inundaciones, caminos intransitables y a edificios locales fueron severos. De igual forma, en Ponce se reportaron muchos daños a centrales azucareras y a viviendas particulares, dejando a sus habitantes totalmente despojados de recursos y a la intemperie.

En los días subsiguientes al paso del huracán las conversaciones giraban en torno a la falta de recursos para atender la crisis y las posibles soluciones a estas. Se escuchaban también algunas anécdotas entre los habitantes; entre estas se destaca la de un campesino en Manatí que dijo estar próximo a vivir al nivel de los animales que cuidaba. Otras fuentes hacen referencia a una anciana en Coamo que quedó sepultada por su casa; también la de dos esclavos que arriesgaron su vida para salvar a otros ciudadanos que clamaban por auxilio, en medio del huracán, en Carolina.

Tras la crisis, era apremiante la rápida acción del Gobierno. En este entonces, el Teniente General José María Marchesi y otros líderes decretan una reunión en La Capital y redactaron un comunicado que se publicó en La Gaceta el 5 de noviembre y donde describieron al temporal como uno de los más desastrosos que “ha dejado huella en todo lugar y clase social”. El paso del temporal, y los impactos ocasionados, dieron lugar a la creación de una Junta de Beneficencia la cual daría atención particular a cada municipio. A la vez, se les ordenó a los alcaldes recoger y agrupar a los animales muertos para quemarlos y enterrarlos, además de estar atentos a cualquier alza en los precios de productos.

Dado al hambre, la falta de hogar y la escasez de recursos de reconstrucción, se estableció colaboración con otros territorios. Por ejemplo, se entablaron conversaciones con la Autoridad Superior de Cuba para que proveyera apoyo económico con exenciones, importación y contribuciones para las primeras siembras, una prórroga de permisos para hacendados y con dinero proveniente del tesoro, considerando la deuda que tenían con la isla. Además, hubo comunicación con el Gobierno español; este indicó que hacían falta templos en la isla que servirían de fortaleza física y emocional para “los infelices”. Fue así como se dio paso a la construcción de nuevas estructuras religiosas. Posterior a estas acciones, el Gobierno comunica otras estrategias de recuperación como el descuento en documentos de compraventa y la solicitud de un permiso especial para que barcos extranjeros anclasen y dejasen alimentos y artículos de construcción.

El proceso de recuperación apenas estaba en sus etapas iniciales cuando, 20 días después del azote del temporal, un fuerte movimiento de tierra sacudió a las islas de Santa Cruz, Santo Tomás y Puerto Rico. Días antes, residentes del este y sur de Puerto Rico habían reportado temblores de menor intensidad la noche del temporal San Narciso. Sin embargo, fue alrededor de las 2:45 p.m. del 18 de noviembre cuando un potente terremoto sacudió a las Islas Vírgenes y al archipiélago puertorriqueño.

Utilizando escalas actuales, la magnitud del terremoto correspondería a uno entre 7.3 y 7.5 grados y a unas intensidades de IX a X en la escala Mercalli Modificada. Los primeros informes publicados posterior al terremoto indicaron que el movimiento se había registrado a nivel de todo el archipiélago, por lo que se infirió que este fue un evento de poca profundidad y cercano a la isla. Esta sacudida tuvo una duración de entre 30 segundos y un minuto, según las fuentes más citadas. Entretanto, el desplazamiento fue descrito como vertical: “la tierra parecía como si estuviera compuesta de pequeñas olas que subían y se hundían bajo nuestros pies”. Otra correspondencia desde Vega Baja, mencionada por Don Vicente Fontán,  detalla un movimiento inicial de este a oeste. Esta descripción es propia de una onda S, (Surface waves en inglés) que producen movimientos de tierra tanto de manera  vertical como lateral. Otros relatos detallan que la tierra “se mantuvo crujiendo y temblando mientras el Sol era ocultado por densa capa polvorienta”.

Sin duda alguna, el sismo tomó por sorpresa a todos, y es que, a pesar de que este tipo de evento no tiene relación alguna con las condiciones atmosféricas, los informes detallaban sobre un día soleado, de un cielo de magnífico color azul y un calor sofocante. Una vez ocurrida la primera sacudida, el gobernador de entonces, José M. Marchesi, comunicó de inmediato que el movimiento fue tan brusco que La Real Fortaleza ―la cual se consideraba como una de las estructuras más fuertes de aquel entonces― se movía como “un barco agitado por una mar gruesa”, provocando que los enseres domésticos chocaran entre sí. A nivel de Puerto Rico, las islas de Vieques y Culebra, que fueron las más cercanas al epicentro, registraron el movimiento más intenso; no obstante, también se reportaron daños a estructuras en municipios tales como San Juan, Ponce y Arecibo, en su mayoría a chimeneas, centrales de azúcar y edificaciones, tanto de gobierno como residencias. Cabe destacar que, aunque no hay reportes de daños en el oeste, en Mayagüez también se sintió el temblor.

Don Vicente Fontán y Mera, recorrió y recopiló eventos que habían sucedido en otras partes de la isla. Entre estos se destacan: Coamo y Lares (donde hubo daños en las parroquias), Ciales (allí ocurrió un deslizamiento de tierra significativo), Arroyo y Ponce (donde el mar se retiró de sus costas y se vio a la población moverse a lugares más altos). En el resto del país los impactos estaban mayormente relacionados al daño a débiles estructuras de paja, mampostería y ladrillos. Las medidas inmediatas que se tomaron fueron: sugerir a los habitantes que acamparan en las plazas, hacer de las iglesias un refugio, crear brigadas de ingenieros y arquitectos (donde los presidiarios pasaron a ser sus asistentes) y recorrer las ciudades para auxiliar al necesitado.

Mientras había desolación y angustia en Puerto Rico, en las islas de Santo Tomás y Santa Cruz se reportó que el océano se retiró de las costas a una distancia de alrededor de 100 pies. Fue entonces cuando, cerca de 10 minutos después del evento principal, otro temblor se desata y comienza a surgir una ola de entre 15 y 20 pies de altura. Una segunda ola, descrita como “ligeramente más grande”, fue reportada posteriormente, logrando un alcance mayor sobre tierra, mientras que otros dos aumentos en el nivel de mar fueron descritos, sin mayores altitudes. El mayor impacto se manifestó hacia las costas del oeste y noreste de la isla de Santa Cruz, donde hubo destrozo de embarcaciones, viviendas y varios heridos; dado a estos reportes, se concluyó entonces que el sismo ocurrió en el Pasaje de la Anegada. Las Islas Vírgenes, siendo las más afectadas fue donde se reportaron las muertes asociadas directamente al tsunami: un total de 23.

Como si fuera poco, en Puerto Rico el tsunami también fue observado a lo largo de las costas del noreste y sur. Los datos indican que las alturas máximas para las olas fueron de 3 a 5 pies, en las cercanías de Arroyo y Yabucoa, posterior a que el mar se retirara unos 450 pies. Entretanto, a través del noreste de la isla se reportaron alzas en el nivel del mar menores a un metro. El gobernador Marchesi relató que presenció escenas desgarradoras luego del terremoto y el tsunami: vio a decenas de ciudadanos implorando a un ser divino mientras la tierra seguía temblando; por otro lado, describió cómo decenas de ancianos, enfermos sin un techo y cientos de personas pernoctaban a la merced de la naturaleza. Contaba como esas fueron “las horas más angustiantes de su vida”; sin embargo, no se reportaron muertes directas asociadas a estos eventos. Luego del terremoto del 18 de noviembre, se registraron cientos de réplicas durante los siete meses subsiguientes.

En aquel entonces, en la isla había cierto descontento y se hablaba sobre la ineficiencia del Gobierno en atender situaciones de emergencia, al igual que la disparidad en la distribución de recursos y bienes. Algunas fuentes dicen que, inclusive, San Narciso y el terremoto de 1867 avivaron un movimiento que buscaba la independencia de la isla, y que un año más tarde dio paso a El Grito de Lares. La manifestación no tuvo el desenlace esperado; no obstante, hubo un cambio de gobierno en el 1869. En cuanto a eventos atmosféricos, y bajo la dirección de José Laureano Sanz, se dio paso a la creación de la primera línea telegráfica en Puerto Rico. La línea permitió que ya para el 1871 se emitieran los primeros comunicados que anticipan un ciclón en la región. ​

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