El amor como en los tiempos de Cinema Paradiso

Por Thomas Jimmy Rosario Martínez

El gobierno estatal nos ha restringido la libertad de reunión. Esa es una medida sabia conforme a la situación de inminente contagio con el virus Covid-19 o como usualmente se conoce, coronavirus.

Los vegabajeños tenemos experiencia con plagas, virus y enfermedades de todo tipo. Y también con la restricción de movimiento. A vuelo de pájaro, les recuerdo que en el siglo XIX hubo brotes de cólera, que entonces se llamó cólera morbo. Esta último adjetivo mandatorio significa enfermedad, o sea, la enfermedad del cólera. Creo que en Cuba se le añadió otro adjetivo, pestilente, el cólera morbo pestilente.

En el Siglo XX hubo varias enfermedades causadas por mosquitos como dengue de varios tipos, tuberculosis y otros males contagiosos. En la década del 1930 se hablaba de la influencia en los mensuarios vegabajeños y en la del 1960 se publicaron en los periódicos estatales, las campañas de orientación para el dengue, encabezado por el Dr. Raymond Báez, quien luego fue legislador municipal, deportista y líder cívico.

En el tiempo de la Segunda Guerra Mundial los vegabajeños, puertorriqueños y americanos estaban obligados a estar en su casa de noche y apagar todas las luces. No se podía ni prender un cigarrillo, cuando la moda del fumar estaba en todo su apogeo por la influencia del cine y los anuncios atrayentes. Posteriormente, en la década de 1960, con la excusa de proteger la juventud, se tocaban dos sirenas para que los jóvenes menores de edad no anduvieran sin acompañante mayor en sitios públicos, lo que se descartó posteriormente por ser inconstitucional.

En el 2017, como consecuencia de la inseguridad causada por las carencias de energía eléctrica, combustible, interrupción y roturas en las vías de comunicación virtual y real, sufrimos restricción de libertad. El gobernador Ricardo Roselló propulsó legislación y orden ejecutiva para que no se estuviera de noche y madrugada fuera de nuestros hogares.

De allá para acá hemos sufrido inconformidad por muchas razones. La última fue por las actuaciones del gobernador y sus ayudantes y por un sucesor que la rama judicial deslegitimó por falta de consentimiento de una cámara legislativa y una gobernadora bisoña en política partidista, no elegida y resentida por una facción del partido al que pertenece.

Mientras tanto, en el lejano oriente nacía una amenaza no bélica en forma de un virus, que las teorías de conspiración usuales le atribuyen distintos autores y propósitos económicos o como fuente de poder y que a lo mejor fue producido por anormalidad en consumo o una mutación natural. Esto nos mantiene en ascuas, esperando soluciones que no están a la mano, que al ritmo de lo que ocurre en el mundo puede o no tener continuidad después de este periodo decretado de catorce días.

De hecho, aunque no se ha dicho, creo que el tiempo escogido para la vigencia original de la Orden es por el tiempo de incubación del coronavirus. El propósito debe ser estadístico, para ver en el camino si es necesario aumentar, suavizar o eliminar las medidas restrictivas tomadas.

Esta mañana recordaba dos películas de amor desarrollada en tiempos de tragedia. Una de ellas, basada en la novela de Gabriel García Márquez, El amor en tiempos del cólera. La otra, Cinema Paradiso, que le ganó a la criolla «Lo que le pasó a Santiago» en el Oscar a la mejor película extranjera en 1989. Esta última, se considera hoy día como de culto a la cinematografía, es en realidad una película de amor en general.

Esta es, en síntesis, la trama:

«Salvatore, de seis años, apodado Toto, descubre su amor por las películas y pasa cada momento libre en el cine local llamado Cinema Paradiso, desarrollando una amistad con el proyeccionista, Alfredo, quien se convierte en su figura paterna y a menudo le permite ver películas desde la cabina de proyección. Las películas no se ven completas porque el sacerdote local ejerce la censura y ordena que se corten los pedazos en que hay escena de amor. Alfredo finalmente enseña a Salvatore a operar el proyector. El montaje termina cuando el cine se prende fuego. pero Salvatore salva la vida de Alfredo arrastrándolo fuera de la cabina, pero no antes de que un carrete de cine explote en la cara de Alfredo, dejándolo permanentemente ciego.

Más tarde el Cinema Paradiso es reconstruido por un ciudadano. Salvatore, todavía un niño, es contratado como el nuevo proyeccionista, ya que él es la única persona que sabe cómo manejar las máquinas. Durante la inauguración del nuevo Cinema Paradiso, se transmite por primera vez la escena de un beso romántico, lo que provocó que todos los espectadores se levantaran de sus asientos y aplaudieran, a excepción del Padre Adelfio quien dijo aterrado «Yo no veo películas pornográficas». Desde entonces, ninguna película transmitida en el cine fue censurada. Salvatore abandona la ciudad para seguir su futuro, como cineasta y se convierte en uno importante.

La viuda de Alfredo le dice que el viejo siguió los éxitos de Salvatore con orgullo, y le dejó algo: un carrete de película sin etiqueta y el viejo taburete que Salvatore usaba para operar el proyector. Salvatore regresa a Roma. Mira el carrete de Alfredo y descubre que comprende un montaje muy especial. Contiene todas las escenas románticas que el sacerdote había ordenado cortar de las películas, aquellos carretes que le había prometido que le regalaría cuando era un niño; Alfredo había empalmado las secuencias juntas para formar una sola película. Salvatore finalmente hace las paces con su pasado con lágrimas en los ojos.»

Cuando vi la película por primera vez en New Jersey, las lágrimas en los ojos eran las mías. Es doloroso no poder ejercer las expresiones de amor, como en estos tiempos, que para demostrar nuestros mejores sentimientos a los seres queridos, tenemos que guardar distancia de ellos.

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