Mi recuerdo de Moisés Navedo

Foto tomada por Jimmy Rosario en 1972| Fototeca Jimmy Rosario 0021 (1972)

Por Thomas Jimmy Rosario Martínez

(Publicado originalmente en el Diario Vegabajeño de Puerto Rico del 27 de julio de 2013 como Moisés Navedo: El recolector de semillas)

En la mañana de hoy El Gran Mose tendrá su último encuentro físico con los vegabajeños. Desde las nueve de la mañana estará de cuerpo presente en la Cancha que hace unas décadas se le dedicó por la administración del alcalde Luis Meléndez Cano y posteriormente será entregado a la tierra que le vió nacer, criarse, llenarse de gloria y esparcir sus semillas.

Conocí al padre de Moisés primero que a Moisés, porque para la época que Moisés era importante para los fieles del baloncesto, yo era un niño. Pero a Doña Pepita, su madre, la conocí primero, junto a otras mujeres, en una acera en la parte alta del pueblo, guayando verduras. Fue en una ocasión que visitaba con mis padres a mi tía-abuela María González y a Pastor Meléndez y me dió con caminar. Ese grupo de mujeres estaba hablando y yo le pasé por el lado.  Doña Pepita, con una media sonrisa dulce me identificó verbalmente como el hijo de Jimmy y Yuya y el nieto de Pipo.

Don Moisés, padre,  que era porteador público, me encontró una vez en la Parada 15 de Santurce donde iba a comprar materiales fotográficos a Rahola Photo Supply e inmediatamente me preguntó si iba para Vega Baja.  Al asentir, me pidió que me montara en el asiento del frente, para “bembetear un poco”. Me identificó como el nieto de Pipo y de Esteban. Entremedio de nosotros estaba una gloria del boxeo puertorriqueño que se llamaba Sixto Escobar, de quien en ese momento yo no sabía mucho y a quien Don Moisés llevaría hasta Barceloneta.

A Moisés lo fui conociendo por conversaciones cortas. Siempre me distinguía en nuestros encuentros con cortesías. Tuve la intención de entrevistarlo en el último año, cuando comencé como miembro del Salón de la Fama del Deporte, pero me dijeron que tenía dificultad en la respiración y por prudencia en los últimos tiempos me limité saludarlo. Cuando supe de la celebración de su cumpleaños hace dos semanas, mi hijo Jimmyto nos representó. Al ver las fotos que tomó, supe que no le quedaba mucho tiempo. En su rostro reflejaba el cansancio de la vida. Comoquiera, nunca nos deja de sorprender las noticias de los fallecimientos y en especial de aquellos  que nos ligan al afecto, al buen recuerdo y a la historia de nuestra ciudad.

El baloncesto en Vega Baja, de acuerdo a un escrito del Dr. Manuel Portela, se inicia para 1928 con el equipo Ninety-Eight de la escuela José Gualberto Padilla. Tuvo un desarrollo paulatino hasta que un grupo de vegabajeños representó a Puerto Rico en Panamá y que en la época de la Segunda Guerra Mundial se distinguió desde Tortuguero. De esos momentos gloriosos, surge posteriormente la figura del excelente baloncelista que fue Moisés. No debe haber duda que el significa para nosotros la continuación del aprecio de ese deporte, ocupando el cénit para la década del cincuenta lo que otros lo fueron para la del treinta y cuarenta.

Moisés fue un excelente baloncelista. Tan bueno fue que recientemente los amigos que le quedan estuvieron presentes para honrarlo en un momento especial del Baloncesto Nacional en un juego del equipo de los Capitanes de Arecibo, al cual perteneció y con el cual ganó el campeonato de 1959. Posterior a su desempeño continuó vinculado al servicio del deporte, especialmente con niños y jóvenes y por sus méritos, se le dedicó la Cancha Municipal.

Los que lo conocieron, dicen que Moisés fue una persona con defectos. Pero yo no conozco a nadie que no lo sea. Dios, que no los tiene, no es una persona como nosotros. Fuimos nosotros los que nos hicieron a su imágen y semejanza y no a la inversa. Pero cuando se busca la esencia de la vida, hay que encontrar lo que lo define. Un tropo no significa el todo. Moisés ha sido reconocido como una persona importante en Vega Baja y en Puerto Rico por lo que logró en una época de su vida y por lo que hizo después de esa época de su vida. Con su ejemplo como deportista, nos deja el esfuerzo, la técnica y la disciplina que hay que tener para triunfar. Su pueblo lo vió y lo disfrutó y aun varias décadas después, sus hazañas se comentan y son parte de nuestra vida, como si hubieran ocurrido ayer. Esa magia de congelar el tiempo sólo la tienen los héroes de los pueblos.

A mi personalmente me tocó vivir una experiencia moral con Moisés. En una ocasión me llamó aparte para indicarme que él veía a un pariente mío, que el apreciaba de siempre,  subir al Alto de Cuba para comprar drogas. Hasta ese momento no conocíamos de su adicción hasta que él nos alertó, lo que siempre estaré agradecido porque tuvimos la oportunidad de trabajar con el problema y salvarlo de una eventual intervención policiaca o de que se agravara su condición de adicción. Otro hubiera permanecido en silencio. Pero lo que me mostró su madre Pepita cuando me vió pasar en la Calle Las Flores o Don Moisés cuando me reconoció en Santurce, me hace pensar que a él le importaban sus compueblanos. Esa virtud de preocuparse por los demás y que a mi el rayo me hubiera caído tres veces con madre, padre e hijo, no es usual.

Creo que Moisés fue recolector de semillas en el deporte como en su vida personal, pero también fue sembrador. Así es como lo debemos recordar.

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