Los domingos

Por Thomas Jimmy Rosario Martínez

Los domingos son días distintos. Así fueron creados o evolucionados. Algunos sostienen que el sábado es el último día de la semana porque Dios descansó al séptimo día, lo que significa que el domingo es el primer día para algunos, para otros es el último día de la semana, que empieza lunes.

Históricamente no ha sido así siempre. Antes ni siquiera se nombraban o importaba cómo le llamáramos. Y en realidad la división de días y semanas no tiene una lógica si no fuera por el descubrimiento de que el año tiene cerca de 365 días. Hubo entonces que dividir, subdividir y establecer las unidades de tiempo para entendernos mejor de cuándo ocurren las cosas en el pasado, presente y futuro.

Para mi, los domingos han sido muchas cosas. En el Vega Baja de mis recuerdos, relaciono mi niñez a los domingos de ir a la iglesia. Yo era «evangélico», bisnieto de fundadores de la Iglesia Alianza Cristiana y Misionera que se había fundado en Vega Baja en 1903 por el reverendo Angel Villamil, posteriormente abuelo de mis primos, entre los que se encuentra José Rafael Martínez Villamil, quien renunció a su carrera como médico para seguir los pasos de evangelización del mundo bajo la misma institución. Y digo evangelizar al mundo pues para ejemplo anda viviendo en España, donde ha extendido los servicios para la institución que sirve desde hace muchos años.

Para entonces, íbamos al templo ubicado en el Alto de Cuba, específicamente en la extensión de la Calle Luis Muñoz Rivera. Allí recuerdo con mucho cariño la dedicación de varias personas, pero muy en especial, la de Doña Crucita, Doña Jovita y Ana Belén Pérez, quienes nos reunían en un espacio pequeño de aquel viejo edificio de maderas para aleccionarnos sobre los valores cristianos. Allí conocí que la música estaba en unos libros que le llamaban himnarios y que la palabra de Dios estaba en otro libro que le llamaban La Biblia.

En un momento dado, estrenamos un templo en la Calle Julián Blanco Sosa. Allí había espacio demás que luego fue agrandándose para incluir una casa de vivienda y unos salones. La meta de asistencia era de doscientas personas y cada vez que rebasábamos la cifra, lo celebrábamos con mucha alegría. En el centro del templo había un baptisterio para bautismos por inmersión. El reverendo Cardona y su esposa Doña Jovita eran seres extraordinarios. Luego los complementó la presencia de un americano que se llamaba Fred Scott, quien llegó a crear una orquesta de acordeones con los jóvenes de la iglesia.

No se porqué, pero me escogían para leer en voz alta los versículos de La Biblia. Yo me sentía privilegiado de hacerlo, aunque no era un asiduo a otras actividades fuera de la escuela dominical. Mi hogar, contrario al de mis primos, era de un matrimonio mixto de católico y protestante. De hecho, fui bautizado en la Iglesia Católica por mis padrinos Juvenal Dávila e Inés Portela y nunca me ha extrañado asistir a la Iglesia Católica esporádicamente y de disfrutar del ambiente de sus ritos.

Otra de las cosas que me gustaba de los domingos era que después de ir a la iglesia, mi tío abuelo Justo Ramón Martínez Torres, mejor conocido por «Tio Tuto», nos llevaba al aeródromo de Tortuguero para ver volar aviones de modelo. Esa pista que en otrora fuera importante para la aviación militar en el Campamento Tortuguero, era usada por aficionados a este deporte. No se si otros días de la semana volaban allí, pero mi día era los domingos. Cuando regresaba a casa, la rutina de mi padre y mi madre era «salir a cojer fresco» que significaba ir en el carro familiar «a dar una vuelta». Lo de coger fresco se explicaba de dos maneras: que había mucho calor en los hogares y que como los carros no tenían aire acondicionado, había que abrir las ventanas. La «vuelta» era incierta, pero a veces terminábamos visitando familiares.

Creo que me gustan los domingos porque nací en uno, hace 67 años. Para entonces mi padre, independentista, con la alegría por mi nacimiento, salió al balcón y gritó que había nacido el libertador de Puerto Rico. Tengo el privilegio de tener mis padres vivos, aunque no le haya cumplido a él su visión.

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