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El torreón de un señor de hato de Manatí

carlos m ayes suarez

torreon original

Por Dr. Carlos M. Ayes Suárez
Víctor González Narvaez, GEOG, M.P.,PPL.

Cuando el adelantado Juan Ponce de León arriba a la desembocadura del Manatuabón, hoy Río Grande de Manatí, en 1506 obtiene de manos de los taínos una muestra de pepitas de oro procedentes de los placeres del río que discurría inmediato a su poblado o yucayeque. El descubrimiento de metales preciosos y la densidad poblacional indígena, una de las mayores de la isla, convenció al Adelantado de asentarse en el mismo poblado y a dar comienzo a la empresa minera que predominaría el ámbito económico durante las primeras décadas del Siglo XVI.
Pese al hecho de que las condiciones desfavorables del puerto los obliga a continuar sus exploraciones en busca de un lugar resguardado de la Mar Bravía y a mudar eventualmente el campamento hacia el sur de la Bahía de San Juan, resulta obvio que los intereses empresariales de los conquistadores, con el protagonismo de la familia Ponce de León, continuaron en el cacicazgo de Guaraca. Tal parece que durante el mismo periodo, las extensas llanuras de la región llamaron la atención de los ganaderos y agricultores y se comienza el usufrutuo de vastas extensiones de tierra o hatos como criaderos y estancias.
El proceso de conquista y colonización entrañó mucha violencia entre las huestes españolas y los pobladores indígenas, los esclavos negros y los enemigos de España. Debido a la gran distancia entre sus minas, los hatos, las estancias y los centros principales de población, el temor por un ataque de estos debió de haber sido constante. Era de esperarse, entonces, que los colonizadores pensaran en tomar medidas de defensa para protegerse.
La selección de un área elevada hacia el oriente del valle, que marcaba la entrada de una extensa llanura flanqueada tanto por el Norte como por el Sur por mogotes calizos y con un campo visual muy amplio del valle hasta la costa, le pareció muy adecuada al hatero para construir un torreón o torre de observación de sillares de veinte (20) metros de altura. (Ver Figura 1) Mediante el uso del Sistema de Información Geográfica (GIS, de sus siglas en inglés) el planificador Víctor González Narváez ha podido establecer el campo visual del que se disfrutaba desde la torre de vigilancia.
La dispersa población de la Ribera del Cibuco no parecía representar amenaza alguna para los intereses del hatero. No sería hasta el mismo siglo en que se funda el pueblo de Manatí, que comenzarían a formarse los núcleos urbanos que a partir del 1797 se diferenciarían como Vega Alta y Vega Baja. Los límites geo-político entre los pueblos de Vega Baja y Manatí no se definirían hasta mediados del Siglo XIX. Hasta ese momento la vida de los habitantes de la Ribera de la Vega gravitaría principalmente alrededor de los centros urbanos de Manatí y, antes de su fundación, de Arecibo.
Los sillares (bloques de piedra) de calcarenita para la construcción del torreón fueron canteados de los depósitos naturales de la roca en el cauce alto del río, inmediato a la confluencia de los ríos Grande de Manatí y Cialitos y posiblemente acarreados en balsas río abajo hasta las inmediaciones del lugar seleccionado para la construcción. La explotación de dicha cantera continuaría hasta el Siglo XVIII, cuando se funda formalmente el pueblo de Manatí. La torre de observación, cuya altura han estimado los ingenieros del Departamento de Ingeniería del Municipio Autónomo de Manatí a base de los restos de varias de las paredes que conforman en la actualidad el ábside de la Iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria y San Matías, tuvo una planta octagonal y un techo a ocho aguas con un dovela o cuña. En la parte más alta de cada una de las paredes encontramos dos aspilleras. Contó el torreón con una entrada principal con jambas y dintel (Cuyos restos aparecen empotrados en la construcción posterior de la iglesia) y una ventana a cada lado que posteriormente serían ampliadas como puertas para darle acceso a las sacristías que se construyen cuando se adapta el torreón como ermita.
El torreón sirvió como centro a una población que se fue estableciendo a su alrededor buscando protección, sentando las bases para el desarrollo del núcleo urbano original de Manatí. Al desaparecer las amenazas reales o supuestas, el enclave militar es ampliado para usarlo como ermita y, posiblemente, como lugar de evangelización de los indios, como lo evidencia los relieves escultóricos de las sacristías representando al personaje mitológico taíno Macocael.
En el centro del torreón, hoy centro del ábside de la iglesia, se descubrió una tumba que parece corresponder al Patrón del pueblo. El hallazgo de cinco (5) de las ocho (8) paredes del torreón por el Rev. Padre Emilio Tovar, evidenció que los orígenes de la cultura occidental en Manatí se iniciaron temprano en el Siglo XVI. Además, el descubrimiento de los relieves escultóricos mencionados parece corresponder a la primera y única evidencia arqueológica del proceso de evangelización de los indios. Dicho proceso de poblamiento culminaría con la fundación oficial del pueblo de Manatí hace 275 años en el mismo lugar donde se construyó el torreón militar.
Revisado el 29 de enero de 2019.

Origen e historia de la bandera de Puerto Rico

CARLOS AYES EN CENTRO

Por Dr. Carlos M. Ayes Suárez

(Publicado originalmente en el Diario Vegabajeño de Puerto Rico el 24 de julio de 2013)

Aunque el origen del uso de banderas no lo podemos establecer con certeza, sí sabemos que en la Epoca Medieval éstas eran usadas como emblemas de la nobleza y, que con el surgimiento de las nacionalidades las mismas se han usado como símbolos de identidad nacional. En la heráldica, que es el arte de describir los escudos, se ha adoptado tradicionalmente los colores gules (rojos), azur (azul), vert (verde), sable (negro) y purpure (púrpura) como los más apropiados para el diseño de una bandera.

Para poder entender el fenómeno de la creación de la bandera de Puerto Rico, los colores que originalmente se adoptan y el color que posteriormente se utiliza para sustituir el color original del triángulo, es necesario entender el proceso histórico mediante el cual se conforma nuestra nacionalidad y los acontecimientos que durante los últimos dos siglos la han ido moldeando.

 

 

No cabe la menor duda de que nuestro sentido de puertorriqueñidad se incubó durante los primeros tres siglos de coloniaje español, pero fue durante el Siglo XIX, regularmente llamado por los historiadores el “Siglo de la Segunda Colonización de Puerto Rico”, cuando el mismo dio visos inequívocos de personalidad propia.

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Juan Alejo de Arizmendi

Ejemplo muy claro de eso es la anécdota  del momento cuando nuestro primer obispo puertorriqueño Juan Alejo de Arizmendi, le hace entrega de su anillo pastoral a nuestro primer diputado a las Cortes Constituyentes de Cádiz durante Ramon_Power_y_Giraltel periodo constitucional de 1812, don Ramón Power y Giralt.

Los intentos diplomáticos de nuestros representantes por obtener reformas políticas para la colonia pronto se bifurcaron en dos tendencias que aunque opuestas se complementaban. Los adeptos de la independencia recurrieron al derecho del pueblo a la lucha armada y a partir de la conspiración del general Luis Guillermo L. Ducoudray-Holstein para establecer la República Boricua o Puerto Rico, no cesarían en sus esfuerzos por una toma revolucionaria del poder. Desde sus inicios los mismos serían alentados por los restantes movimientos independentistas de Hispanoamérica.

El movimiento tuvo la necesidad de diseñar un pabellón que los identificara y es así que como parte de los preparativos para la insurrección que tradicionalmente se le RAMON EMETERIO BETANCESha llamado el Grito de Lares del 23 de septiembre de 1868, el Dr. Ramón Emeterio Betances diseña la bandera y le encomienda a la Sra. Mariana Bracetti de la Junta Revolucionaria Capá Prieto, su bordado. Aunque durante la insurrección se portó igualmente una bandera blanca con la inscripción “Libertad o Muerte. Año de 1868” y otra roja, fue la bandera de la cruz blanca la que se adoptaría como distintivo del movimiento hasta finales del siglo. ¿Por qué? Nos parece encontrar una contestación en el hecho de que la misma era una adaptación de la bandera de la República Dominicana, primer país hispanoamericano de las Antillas Mayores en independizarse de España y cuna de la familia paterna del Dr. Ramón Emeterio Betances. Además lo mismo entrañaría la adhesión del movimiento puertorriqueño a la causa del pueblo dominicano.

La insurrección contra España no sólo se dio en Puerto Rico, sino que simultáneamente en Cuba hubo otro levantamiento. A partir de ese momento los esfuerzos por independizar a Puerto Rico serían coordinados con los esfuerzos por independizar a Cuba. Muchos revolucionarios, tanto puertorriqueños como cubanos, tuvieron que exiliarse a la ciudad de Nueva York a raíz de los acontecimientos. Y va a ser precisamente en el exilio donde se estrecharían los lazos de solidaridad entre ambos pueblos.

Los liberales que todavía mantenían la confianza en obtener beneficios de parte de España pronto tuvieron que enfrentarse a la oleada represiva que el gobierno colonial desató contra ellos y que culminó con el periodo de los compontes contra los adeptos del autonomismo, quienes el 7 de marzo de 1887, constituyeron el Partido Autonomista Puertorriqueño. Muchos liberales tuvieron que huir del país y entre ellos se encontraba el jóven Antonio Vélez Alvarado del Municipio de Manatí, quien en forma consecuente había esgrimido su pluma contra los desmanes del régimen.

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Antonio Vélez Alvarado

Al llegar a la ciudad de Nueva York se encuentra con muchos correligionarios suyos que, al igual que la comunidad cubana, habían tenido que refugiarse en la ciudad a partir de los gritos de Lares y Yara. Una vez en su nuevo hogar se integra a la lucha política de ambas comunidades junto a sus viejos amigos Sotero Figueroa y Francisco Gonzalo Marín, con quienes funda el Club Borinquen el 20 de febrero de 1892, para luchar organizadamente por la independencia de Puerto Rico.

Desde su arribo a la ciudad ya había conocido a José Martí, quien presidía el Comité Revolucionario Cubano desde su llegada a la ciudad el 3 de enero de 1880. En efecto, es en su imprenta que José Martí componía el periódico Patria y donde el poeta hizo la composición de su famoso libro de poemas Versos Sencillos. Su amistad con don Antonio Vélez Alvarado se hace patente en el hecho de que el Dr. Ramón Emeterio Betances se comunica con él, el dia 6 de febrero de 1892, acusando recibo del ejemplar del libro que José Martí le enviaba a través suyo. El propio José Martí reseña en la edición del 16 de julio de 1892 del periódico Patria una cena a la cual había sido invitado por él y donde observa por primera vez juntos los pabellones de Cuba y Puerto Rico. El propio don Antonio Vélez Alvarado cuenta que concibió el diseño el dia 11 de junio de 1891, cuando esa noche observaba fíjamente la bandera cubana y al mover la vista experimentó lo que él llamó un fenómeno daltónico donde los colores rojo y azul de la bandera cubana se invirtieron, tomando lo mismo como una revelación.

Seguidamente compró materiales y le encargó a doña Micaela Dalmau que confeccionara el nuevo diseño y otra cubana, las cuales observaría José Martí durante la velada y el cual había enviado previamente al Dr. Ramón Emeterio Betances para su aprobación. Este le responde desde París con sobresalto que “Hagamos la república que luego cualquier trapo puede servir de bandera”. Estamos convencidos de que el fenómeno descrito por don Antonio Vélez Alvarado tuvo que haber acontecido durante el mismo año en que se lleva a cabo la velada de la cual nos da cuenta José Martí, ya que sería irreal suponer que esperara más de un año para mostrarle el diseño de la nueva bandera a su íntimo amigo, con el cual mantenía una estrecha colaboración política. No cabe la menor duda de que inmediatamente esta se populariza entre los puertorriqueños exiliados en la ciudad, ya que cuando se constituye la Sección de Puerto Rico del Partido Revolucionario Cubano el 22 de diciembre de 1895 en el “Chimney Corner Hall” la misma fue aclamada por los participantes a pesar de que también tenían la bandera del Grito de Lares como opción. ¿Por qué fue aclamada por la concurrencia? Nos parece que lo mismo respondía al hecho de que los esfuerzos por independizar a Cuba y a Puerto Rico hacía años que se estaban llevando a cabo conjuntamente y lo mismo abstraía la unicidad del movimiento. Aunque don Antonio Vélez Alvarado no asistió a dicha asamblea por razones justificadas, quien funge como secretario del Partido Revolucionario Cubano para ese entonces es Sotero Figueroa, presidente y uno de los fundadores del Club Borinquen.

OVIDIO DAVILA

Ovidio Dávila

Aunque a raíz de la invasión americana de Cuba y Puerto Rico, se disolvió el Partido Revolucionario Cubano la bandera adoptada por la Sección de Puerto Rico se mantuvo con aceptación por los puertorriqueños, como lo evidencia el hecho del uso de la misma por la resistencia puertorriqueña al mando de José Maldonado, Aguila Blanca. Nos ha informado el Dr. Ovidio Dávila de que descubrió en España varias etiquetas de licores de principios del presente siglo con la bandera puertorriqueña como parte del diseño. Lo mismo será motivo próximamente de una publicación de parte de este.

Aunque a raíz de la invasión americana se organizaron varios partidos políticos que como parte de su plataforma consignaron la independencia de Puerto Rico, no

PEDRO ALBIZU CAMPOS Y LA BANDERA DE PR

Pedro Albizu Campos

fue hasta la fundación del Partido Nacionalista de Puerto Rico el 22 de septiembre de 1922, que la bandera de Puerto Rico volvería a usarse oficialmente como distintivo del independentismo puertorriqueño. Aunque desde sus inicios dicho partido la enarbolaba conjuntamente con la bandera de Estados Unidos de América en sus actos políticos, cuando el Dr. Pedro Albizu Campos asumió la Vice-presidencia del mismo se negó a que continuara la práctica. Lo mismo trae como consecuencia que se proscribiera el uso de la bandera puertorriqueña sola por la connotación nacionalista que tenía.

Durante dicho periodo el Gobierno de Puerto Rico trató de aprobar sendos proyectos de ley para su adopción oficial, pero la oposición del Partido Nacionalista de Puerto Rico, lo impidió. En efecto, el 16 de abril de 1932, la Legislatura de Puerto Rico iba a considerar uno de esos proyectos y una concurrencia nacionalista que se encontraba conmemorando el natalicio de don José de Diego Martínez en la Plaza Baldorioty de Castro se movilizó al Capitolio para evitarlo. Durante el incidente colapsó una barandilla de la escalera cayendo varios nacionalistas y muriendo el joven Manuel Rafael Suárez Díaz. Desde entonces el Partido Nacionalista de Puerto Rico comenzó a conmemorar ese día como el de los Héroes y Mártires y de la Consagración de la Bandera.

Años más tarde, cuando el congresista Millard Tydings radicó un proyecto en el Congreso de Estados Unidos de América para otorgarle la independencia a Puerto Rico a raíz de la Masacre de Río Piedras, hubo tal entusiasmo en el país que arriaron la bandera americana de muchas astas y enarbolaron la puertorriqueña. Sin embargo, el proyecto fue vetado y seguido por una fuerte represión contra los nacionalistas. De hecho, encarcelaron el alto liderato y hubo muchas muertes de nacionalistas. Tal vez, uno de los incidentes que más conmovió al país fue la Masacre de Ponce del 21 de marzo de 1937.

Cuando los nacionalistas iban a comenzar una marcha exigiendo la excarcelación de los presos políticos la policía abrió fuego contra los participantes muriendo 21 y quedando heridos 58. Cuando cayó herida de muerte la joven Carmen Fernández, portadora de la bandera de Puerto Rico, la joven Dominga Cruz Becerril la socorre y mantiene en alto la bandera puertorriqueña porque “Mi maestro ha dicho que la bandera debe mantenerse levantada”. Dicho acto pone de manifiesto que ya el pueblo puertorriqueño había forjado una unidad de pensamiento dentro del concurso de las nacionalidades.

La idea de que Puerto Rico era una nación y de que era necesaria la unidad nacional para poder recobrar la soberanía, se ejemplariza en la creación del Comité Pro Defensa de la Bandera de Puerto Rico, organizado por independentistas y comunistas y cuyo primer acto fue conmemorar el 11 de junio de 1939, como el Día de la Bandera Puertorriqueña. La negativa del Sr. Juan Augusto Perea, ex-miembro del Partido Nacionalista de Puerto Rico y uno de los fundadores del Partido Independentista, de llevar a cabo el acto con comunistas lo llevó a su inacción, teniendo que asumir la dirección don José Enamorado Cuesta, adepto del comunismo. Es precisamente en esa fecha que comienza la tradición de conmemorar el Día de la Bandera Puertorriqueña en Manatí.

Cuando el Dr. Pedro Albizu Campos regresa a Puerto Rico el 17 de diciembre de 1947, después de 10 años de prisión en el extranjero, se encuentra con un don Antonio Vélez Alvarado enfermo y moribundo. De hecho, pocos días después, el 18 de enero de 1948, muere en brazos del Dr. Pedro Albizu Campos. El día de su natalicio restablece la conmemoración del día de la bandera puertorriqueña, se concurre por primera vez a su tumba y se coloca una ofrenda floral.

En esos días y como resultado de la agitación política de los nacionalistas el Gobierno de Puerto Rico aprueba la Ley 53 del 21 de mayo de 1948, conocida como la Ley de la Mordaza, la cual prohibía las expresiones públicas a favor de la independencia, con el propósito de allanar el camino para la eventual aprobación de la Ley 600 el 3 de julio de 1952, mediante la cual se creaba el Estado Libre Asociado. Lo mismo tenía como propósito el desviar la atención de la comunidad internacional sobre el caso colonial de Puerto Rico.

La discusión de la misma previo a su aprobación trajo como consecuencia la persecución de los nacionalistas y el levantamiento armado del 30 de octubre de 1950, históricamente conocido como La Revolución de Jayuya. Como parte del establecimiento del Estado Libre Asociado se adopta oficialmente la bandera usada por los nacionalistas como bandera de Puerto Rico pero cambian el color del triángulo de azul francés a azul marino para que se asemejara a la bandera de Estados Unidos de América. Paradójicamente, las banderas encontradas durante los allanamientos efectuados a los nacionalistas eran usadas como evidencia en su contra en los tribunales. A pesar de la oficialización, el usarla seguía teniendo una connotación nacionalista y los puertorriqueños seguían siendo perseguidos por enarbolarla.

Aunque su centenario pasó inadvertido, el Ateneo Puertorriqueño conmemoró el centenario de su adopción el día 22 de diciembre de 1995. A dichas efemérides se unió la Legislatura de Puerto Rico y es como resultado de dicha iniciativa que se decide poner en perspectiva histórica el acontecimiento conmemorando anualmente la fecha de su creación rindiendo homenaje a su creador don Antonio Vélez Alvarado.

Aunque el Partido Nacionalista de Puerto Rico continuó con la conmemoración anual de la efemérides, la propia crisis organizativa que enfrentaba dicha colectividad política hizo languidecer los actos hasta que se creó la Asociación Manatieña de Amigos de la Bandera, la cual fue incorporada en el Departamento de Estado como una organización sin fines de lucro dentro de las leyes del Gobierno de Puerto Rico. A raíz de su creación llevaron a cabo su primera conmemoración el dia 11 de junio de 1996, y han continuado organizando la actividad en forma ininterrumpida desde entonces.

El 16 de abril de 1998, los gobiernos municipales de Ponce y Manatí envían dos banderas de Puerto Rico al espacio en el transbordador Columbia con motivo del natalicio de don José de Diego Martínez y el Gobierno Municipal de Manatí decide conmemorar anualmente el día 11 de junio como el día de su creación. A tales propósitos se creó un comité el día 3 de febrero de 1999, el cual ha comenzado la coordinación de los preparativos de la conmemoración.

 

 

 

Legislatura Municipal| Mensaje del historiador Carlos Ayes Suárez

 

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Foto por José Luis Maldonado Quirindongo (Luigi)

Mensaje de Carlos M. Ayes Suárez a la Legislatura Municipal de Vega Baja en ocasión del reconocimiento por haber recibido el doctorado del Centro de Estudios de Puerto Rico y del Caribe el jueves, 12 de abril de 2018.

Honorables legisladores municipales:

Afirmaba el historiador italiano Arnaldo Momigliano que “La historia de la historiografía, como cualquiera otra investigación histórica, tiene el propósito de discernir entre verdad y falsedad. Como un tipo de historia intelectual que se propone examinar las realizaciones de un historiador, tiene que distinguir entre soluciones de problemas históricos que no convencen y soluciones (hipótesis, modelos, tipos ideales) que vale la pena replantear y aplicar. Para escribir una historia crítica de la historiografía es preciso conocer tanto a los autores que uno estudia como el material histórico que estudiaron.”

Pese al hecho de que en nuestro pueblo proliferaron los “historiadores de bronce” desde el siglo pasado, fue el Sr. Luis de la Rosa Martínez nuestro primer historiador académico y cuyo interés en educar a los vegabajeños sobre su historia incidió en la publicación de diversos trabajos de investigación sobre la historia general del pueblo y sobre aspectos tan importantes como es la historia de la instrucción pública desde el nombramiento de Don José María Saavedra como el primer maestro vegabajeño.

Le tocó al Sr. Luis de la Rosa Martínez investigar por primera vez las circunstancias de los inicios de Vega Baja como centro urbano concluyendo que solo existían datos circunstanciales en distintos documentos que sugerían que el pueblo había sido fundado en el año de 1776. Esa conclusión sirvió de justificación a la conmemoración del bicentenario del pueblo por el Gobierno Municipal de Vega Baja. Desde entonces, han transcurrido más de 40 años sin que los hallazgos del historiador fueran revisados. Tampoco en su investigación encontramos una explicación del proceso mediante el cual se estructuró el territorio que hoy comprende el término municipal de Vega Baja.

Al iniciar nuestra investigación sobre la historia de Vega Baja como parte de nuestros estudios doctorales, teníamos en mente que los hallazgos del Sr. Luis de la Rosa Martínez sobre los orígenes del pueblo no eran convincentes y valía la pena, entonces, para citar a Momigliano replantear el tema y aplicar nuevas técnicas de investigación para explicar la estructuración territorial del pueblo. Para llevar a cabo nuestra investigación no solo usamos las fuentes primarias y secundarias que los historiadores que nos precedieron habían consultado si no que recurrimos al auxilio de otras ciencias históricas tales como la arqueología, la antropología, la etnología y la etnografía. De hecho, antes de comenzar mis estudios en historia contaba con una formación académica en antropología y arqueología de Puerto Rico y el Caribe.

Toda vez que la historia es revisionista, llevamos a cabo una minuciosa revisión de los datos históricos publicados sobre Vega Baja mediante un esfuerzo multidisciplinario guiados por el materialismo histórico como teoría de investigación. Si bien es cierto que muchos historiadores entienden que el historiador no necesita una teoría para llevar a cabo su trabajo de búsqueda de la verdad, entiendo que es en el desarrollo de las fuerzas productivas que se dan las contradicciones y las luchas de clase que inciden en la transformación de la sociedad.

Aunque resulta indiscutible que la historia es un entrelazamiento de eventos donde se correlacionan las fuerzas productivas, también es cierto que hay acontecimientos específicos definitorios del ethos como resultan ser para el pueblo vegabajeño la autorización de fundar el pueblo mediante Real Cédula de 1779 y la delimitación definitoria del territorio en su extensión actual en el año de 1847. Muchos otros acontecimientos anteriores y posteriores contribuirían a la definición del sentido de vegabajeñismo que nos define.

El patrimonio cultural de un pueblo entraña tanto el producto tangible como intangible del quehacer cotidiano del pueblo. A través de los años le hemos prestado mayor atención a la conservación de los bienes patrimoniales tangibles. Por eso es que se estableció una Zona Histórica en el pueblo y ha habido diversos esfuerzos por establecer museos para la conservación de parte de dicho patrimonio. Sin embargo, pese al hecho de que demostramos un gran aprecio por nuestro patrimonio intangible, como resultan ser nuestras costumbres, tradiciones y folklore, el mismo no ha sido valorado de la misma forma que nuestro patrimonio tangible.

Aunque la cultura es dinámica y no deja de cambiar ni un solo instante, encontramos en nuestras manifestaciones musicales, indistintamente del carácter industrial de la producción discográfica o la difusión comercial, una de las áreas donde observamos una marcada tendencia a la conservación de dicho patrimonio. Por eso es que nuestra comunidad atesora la música del Trío Vegabajeño y todavía encontramos personas escuchando asiduamente canciones cuya música fue popular durante sus años de crianza como parte de una memorabilia nostálgica por el pasado. Estas y otras manifestaciones culturales no solo nos definen como pueblo sino que forman parte del patrimonio tanto tangible como intangible de la humanidad.

Todo esto nos lleva a concluir que necesitamos de una iniciativa tanto del sector público como del privado para delinear una política cultural donde no solo se estudien las manifestaciones culturales de nuestro pueblo si no que se conserve lo que se pueda conservar y se difunda su contenido como parte de un esfuerzo de valorización de lo nuestro que bien podría contribuir al desarrollo económico de nuestra comunidad.

Es dentro de dicho esquema que se organiza la Escuela de la Historia de Vega Baja. Sin embargo, esta gesta tiene que desarrollarse de forma paralela mediante colaboración con las iniciativas de otros sectores de la población. La cultura no puede seguir siendo valorada como un área de gastos superfluos porque se ha demostrado a la saciedad como parte de infinidad de esfuerzos internacionales que es una inversión que contribuye al desarrollo económico a través del turismo ya sea internacional o doméstico. El turismo cultural combinado con el turismo médico, de naturaleza y de aventura podría representar una iniciativa de inversión económica tan necesaria en estos momentos donde nuestra economía sufre de decrecimiento y de estrechez.

Queremos contribuir a dicho desarrollo. Pero necesitamos que se defina una política cultural a nivel municipal que permita dirigir los esfuerzos individuales de la comunidad de forma coherente sin pretender legislar a espaldas de la comunidad. En estos momentos estamos trabajando en una propuesta de desarrollo cultural para nuestro pueblo la cual esperamos se pueda implementar luego de formalizar los acuerdos con el Gobierno Municipal de Vega Baja. Estamos convencidos de que podemos contribuir no solo al desarrollo cultural de nuestro pueblo sino a su desarrollo económico. A través de las investigaciones históricas buscamos las soluciones a los problemas históricos que están sin resolverse.

*El Dr. Carlos M. Ayes Suárez es actualmente Presidente de la Escuela de la Historia Vegabajeña, Inc.