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José Gualberto Padilla

PORTADA PARA UN PALACIO UN CARIBE ELSA TIO

Por Elsa Tió

José Gualberto Padilla, El Caribe, nace  en San Juan el 12 de julio de 1829 en la calle O’Donell, esquina San Francisco, frente a la Plaza Colón del Viejo San Juan. Fueron su padres José María Padilla Córdoba (¿-1843, Añasco) y Trinidad Alfonso Ramírez (Venezuela, Vega Baja, 1809-1867), quienes influyen decididamente en su formación y carácer. De ellos aprende, según relata su hija Trina Padilla de Sanz, mejor conocida como La Hija del Caribe, “a ser noble y bueno con los humildes y altivo y bravo con los poderosos”.

José Gualberto Padilla, “No solía escribir en su mesa de estudio, como los demás poetas. Sus mejores versos los escribía en la soledad de los caminos, mientras viajaba. Tenía caballos propios, de muy cómodo y seguro andar, usaba unas monturas que le permitían ir en ellas cómo- damente sentado. Y al salir de las poblaciones requería papel y lápiz, soltaba las riendas, y escribía los versos que acudían a su mente fáciles, robustos, intencionados y de admirable plasticidad.”
Ser médico lo llevó a viajar constantemente por los pueblos limítrofes a Vega Baja, recorriendo caminos que le permitieron llenarse los ojos de paisaje. Padilla se dejó enamorar de la naturaleza, lo que le permitió años más tarde escribir su magistral e inconcluso Canto a Puerto Rico, en el que exalta y describe con admirable precisión y belleza, cada detalle de los frutos y árboles de nuestra campiña.
Sin embargo, es con sus versos satíricos titulados Para un Palacio, un Caribe, que Padilla surge como figura protagónica en la forja de nuestra conciencia nacional en el siglo XIX. La poesía al servicio de su pluma justiciera hizo historia al defender la dignidad de los puertorriqueños. Con su sátira implacable e ingeniosa se ganó el respeto y la admiración del pueblo, de la mujer, del negro, de los que no tenían voz por su valiente y apasionada defensa a favor de los débiles y olvidados.
José Gualberto Padilla, también conocido por el seudónimo literario de El Caribe, es reconocido por su amigo, el doctor Cayetano Coll y Toste, (Arecibo, 1850-1930, Madrid), como un eminente médico, próspero agricultor y excelente poeta. Lo retrata de la siguiente manera: “Era un hombre hermoso, alto, vigoroso, simpático, de cabellera rubia y mostachos rubios y retorcidos a lo galo, complexión fuerte, ojos verdes y chispeantes… Al poco tiempo de hablar con él, comprendíamos que teníamos delante un hombre de espíritu superior. Lo que llamaríamos hoy un súper-hombre. Vestía diariamente de drill blanco con levita de la misma tela y poseía un físico imponente y una pluma magistral y combativa…”

Sobre los rasgos de su carácter dice su amigo Manuel Fernández Juncos (Oviedo, España, 1846-1928, San Juan), en el prólogo del poemario de Padilla titulado El Combate: “Era de carácter enérgico y generoso, muy altivo con los engreídos de fortuna o de poder, y franco, liberal y tolerante con los demás; constante con el trabajo, compasivo con los infelices y heroico en la lucha combatiendo el dolor ajeno”.

Por su temperamento de hombre cabal, nunca hizo uso de su pluma para la adulación. En ocasión de recibir una petición de la esposa del general Julián Pavía (1867-1868), gobernador de Puerto Rico, para que escribiera en su álbum un poema, y viendo Padilla los elogios desmedidos que en él había, le escribió la siguiente estrofa: A la lisonja mi humor esquivo/ no brindo flores que aroma den; /en mis jardines no las cultivo;/ que soy señora, franco y altivo/ como buen hijo de Borinquén.

La tiraera del Siglo XIX entre José Gualberto Padilla y Manuel de Palacio

JOSE GUALBERTOPADILLA EN EL FIGARO

Por Elsa Tió

La tiraera del siglo XIX – fragmentos de la polémica Para un Palacio un Caribe , aquí un insulto de Palacio y la defensa del jíbaro, de la mujer , del negro.

Una vez Manuel del Palacio se instaló en la Isla, la sociedad puerorriqueña no escatimó en brindarle infinidad de fiestas y homenajes, confundiendo la hospitalidad con la adulación. Como respuesta, Palacio agradece su estadía, recibimientos y honores, con unos versos satíricos humillantes contra Puerto Rico, que levantaron una oleada de indignación. En Puerto Rico, Palacio nos elogia, pero espera marcharse para cobardemente atacar desde la distancia. Por ello, El Caribe, “sin miedo le da la cara y de frente le dispara:” 


Basta leer los primeros versos escritos por Palacio para entender la justa fogosidad de El Caribe y la indignación del pueblo:


Este que siglos há fué Puerto-Rico
Hoy debiera llamarse Puerto-Pobre
Pues quien oro en él busque ó plata ó cobre 
seguro tiene soberano mico.
Comer mofongo ó educar un chico
Morir de inercia aunque el esfuerzo sobre.
Ver siempre el piélago salobre
y no soltar jamás el abanico:
Tales son los placeres deliciosos
De este vergel de suegros y de suegras. 
Do muchas tienen hijos y no esposos; 
Dó no cesan del güiro los allegros
Y son los negros sucios y asquerosos !
Y lo mejor de todo son los negros!


De esta manera empezaba Padilla su duelo ante la afrenta del poeta español:


Si este golpe aquí nos das
frente a frente o de revés 
quizá fuera descortés; 
descortés y nada más.
Pero hacernos este alarde
ya traspuesto mar y espacio
es ser Manuel del Palacio
muy cobarde,muy cobarde. 
Y no busques otro apodo 
para bautizar el hecho,
que un hombre de pelo en pecho 
no se porta de ese modo.
Ningún bueno se retira
antes de dar la pelea
y detrás de la muralla
a cubierto carga y tira…


El Caribe es el que responde al agravio hacia Puerto Rico. Con mejor verso no vacila, y se arriesga en momentos en que las palabras de afirmación puertorriqueña y de resistencia eran peligrosas. Y como las afrentas nunca pasan de moda, es oportuno leer algunos fragmentos de los versos de El Caribe para disfrutar del humor y del tono enérgico de sus palabras. Palabras dignas de una generación que dio múltiples ejemplos de valor y vergüenza. Recordemos las palabras de Baldorioty de Castro: “a los hijos antes que pan, hay que darles vergüenza.” Ahora se les atiborra de pan, y se les pone a dieta de vergüenza.


Contesta El Caribe 
Por eso al nombre de Patria 
Nuestro pecho se conmueve,
Al ver que se le difama
Toda nuestra sangre hierve 
Que si mansos corderillos 
También iracundas sierpes,
Odiamos a quien nos odia
Y amamos a quien la quiere.


Y con la franqueza que caracterizaba a Padilla, le advirtió a la clase adinerada del país que recibió, festejó y homenajeó a Palacio hasta el cansancio, a no confundir la hospitalidad con el servilismo. Y advierte de las consecuencias de la “odiosa adulación”.

La lección es tan oportuna como vigente:
Mas no te falta disculpa 
En este enojoso asunto,
Y bien meditado el punto
No es tuya toda la culpa.
No es tuya no, la mancilla;
Que aquí lo mismo que en Flandes 
Los grandes sólo son grandes 
Para aquel que se arrodilla.
Si mis buenos paisanitos
En sus hombros no te alzan,
Ni te miman ni te ensalzan, 
Ni te ponen en palmitos.
Si hasta en el Apolíneo carro
No te remontan en coro
Ni te toman por de oro 
Cuando sólo eres de barro.
Si a la par, en su clamor, 
Nunca hubieran confundido
Al proscrito desvalido
Con el válido escritor.
Si con menos humildad
Y más tacto y perspicacia.
Honraran, si, tu desgracia,
Pero no tu vanidad.
No a mi patria motejaras,
Y en los límites sujeto
de las leyes del respeto, 
con respeto la trataras.
Más adelante añade:
Con eso aprendan tal vez,
algunos de mis paisanos,
a no andar besando manos
y a tener más altivez.
Con esa dura lección 
huyan quizás del abismo
del hediondo servilismo 
y la odiosa adulación.


Agudo observador de su época, su interpretación del jíbaro contra- dice la visión del puertorriqueño dócil, ñangotado y vago. Defiende al hacerlo a los marginados y pobres, el bagazo olvidado de una sociedad. Como agricultor y médico que visitaba y recorría los pueblos, conocía la idiosincrasia del campesinado y su negativa de aceptar las cosas ‘a la mala’. Cuando el pueblo dice hoy ‘a la mala, ni con los guardias’, revalida la misma conducta que El Caribe interpretó hace casi dos siglos sobre nuestra forma de ser:
Pues tengo formal empeño Y lo he de sacar avante,

De que conozcas bastante
Al jíbaro borinqueño,
Dulce como un caramelo,
Con el que a buenas lo llama 
Amargo cual la retama
A quien lo lleve a repelo.
Morir de inercia !mentira! 
Bajo nuestro sol de fuego 
Damos al solar el riego
Que nuestra frente transpira. 
Vé nuestra basta llanura 
Cubiertas de dulces cañas 
Nuestras feraces montañas,
Llenas de óptima verdura.
Mira en el abra el café
Y de la loma en la gualda
El tabaco por la falda,
Y el plátano por el pie.

Ante la insistencia de Palacio de despreciarnos acusándonos de holgazanes le responde Padilla con ironía:

Pero si al fin tu manía
Es trabajar en exceso 
Veinte aquí por medio peso 
Y una ración cada día.

Pero como lo cortés no quita lo valiente, El Caribe reconoce la nobleza del alma borinqueña cuando le advierte a Palacio que a pesar de su mezquindad, si volviera a caer en desgracia:

“ningún solo borinqueño dejará de darte la mano…”

El Caribe revolucionó el discurso político y social por la forma en que abordó la defensa de la madre soltera. La injuria de Palacio despierta el sentido humano y compasivo de Padilla que hace una defensa emotiva e inteligente. En la sociedad profundamente autoritaria y religiosa del siglo XIX, era inaceptable e impensable defender a la madre soltera. Para El Caribe la madre es una fuerza redentora que describe como:

“un poema de puro y santo cariño”.

Palacio se burla, desprecia y se escandaliza de las madres solteras en la isla. A El Caribe, que vivió catorce años en España, le molesta la actitud moralista afectada y artificial del poeta español. Su conocimiento de las virtudes y vicios de la sociedad española le permiten ripostar cada ángulo con efectividad. Con un espíritu de avanzada, impregnado de ideas democráticas, Padilla rompe con la visión clasista que dominaba la época. El Caribe refuta con sarcasmo y defiende a la mujer de todas las clases sociales: “noble si es blanca y si es negra, noble si es rica y si es pobre.”

Que hay madres sin ser esposas,
en Puerto Rico… te extraña:
sin duda porque en España
nunca se ven esas cosas.
Allí, según he sabido
todas las mujeres, todas,
sólo después de las bodas,
señales dan de marido.
Así ni para un remedio,
ni en caja bulto, ni fardo
se halla en España un bastardo 
¡que ni un bastardo… ni medio!

Con entrañable vehemencia Padilla en la polémica reconoce y enaltece el amor, la abnegación y el valor de la madre puertorriqueña. Ante el grave problema actual de la droga embrutecedora y el disloque social que afecta adversamente la conducta de tantas madres y padres puertorriqueños, es fundamental encontrar antecedentes históricos que honran y afirman los valores de nuestra cultura. El Caribe realza el hondo sentido maternal de la mujer puertorriqueña y destaca lo mejor de nuestra alma femenina dignificando así a todas las madres:

Pero diré en voz muy alta,
que en esta Borinquen mía,
TODA LA QUE ES MADRE CRÍA, 
Y esto aminora su falta.
Ninguna mujer rehúsa
la prenda de su desliz:
hay mucha madre infeliz…
¡y no hay una sola Inclusa!.
Peque por debilidad
o peque por torpe vicio,
no hay una que en un hospicio
esconda su liviandad.
La madre aquí es un poema 
de puro y santo cariño,
que consagra al débil niño 
con abnegación suprema.
Ricas… esquivando hurañas 
los goces de la fortuna 
viven al pie de la cuna
del hijo de sus entrañas.
Pobres… vistiendo un andrajo 
y en afanar incesante,
ganan para el tierno infante
el noble pan del trabajo.
Y antes que arrojarle un día
de sus maternales brazos,
el corazón a pedazos arrancárseles podría.
¡Noble figura que alegra
el alma y la vivifica!
noble, si es pobre y si es rica
noble, si es blanca y si es negra. (énfasis suplido)

Y concluye ante ese drama humano sarcásticamente:

Respeto á su nombre, pues, y á su gloria y á su fama
y ya que no con la dama, sé con la madre cortés.

La polémica finaliza con Padilla defendiendo con vehemencia al negro de la burla hiriente y despectiva cuando afirma que los negros valen más que algún “cáucaso”, o sea un hombre blanco.

Estás en error muy craso; 
que hay negros en este suelo, 
que sin que les falte un pelo 
valen más que algún cáucaso
Ayer cosas… hombres hoy,
esclavos ayer, hoy libres,
no el arma contra ellos vibres
por lo que a decirte voy.
Viendo por la vez primera
del sol los puros destellos, 
no son responsables ellos 
de su historia lastimera.
Aguarda que el porvenir
les dé nombre justo y digno…
entre tanto se benigno
con quien empieza a vivir.

(Se otorgó la abolición a los esclavos el 22 de marzo de 1873. años en el que termina la polémica que empieza en ell 1867)

Y aquí estas páginas cierro

pues cumplí con mi linaje

en ultraje por ultraje

dándote hierro por hierro.
Diciembre, 1873

El nombre de El Caribe, además de afirmar nuestra geografía y antillanía, también representaba la altivez y el valor de la raza autóctona de los indígenas llamados caribe. En su Canto a Puerto Rico, Padilla describe física y espiritualmente al indígena:

“Agreste raza que el matiz lucía

Del terso bronce en el desnudo cuello,

Sobre el que grave la cabeza erguía

Orlanda en torno de áspero cabello;

La frente adusta, de expresión bravía,

Negros los ojos de vivaz destello,

Ancha la espalda, desenvuelto el busto:

Pequeño el tronco y ágil y robusto.

… Rey de los prados, de la selvas dueño,

Vivía feliz el insularriqueño.

¿Quién y cómo fue el Dr. José Gualberto Padilla?

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Por Elsa Tió

Sobre los rasgos del carácter de Padilla dice su amigo Manuel Fernández Juncos (Oviedo, España, 1846-1928, San Juan), en el prólogo del poemario de Padilla titulado El Combate: “Era de carácter enérgico y generoso, muy altivo con los engreídos de fortuna o de poder, y franco, liberal y tolerante con los demás; constante con el trabajo, compasivo con los infelices y heroico en la lucha combatiendo el dolor ajeno”.

Por su temperamento de hombre cabal, nunca hizo uso de su pluma para la adulación. En ocasión de recibir una petición de la esposa del general Julián Pavía (1867-1868), gobernador de Puerto Rico, para que escr biera en su álbum un poema, y viendo Padilla los elogios desmedidos que en él había, le escribió la siguiente estrofa: A la lisonja mi humor esquivo/ no brindo flores que aroma den; /en mis jardines no las cultivo;/ que soy señora, franco y altivo/ como buen hijo de Borinquén.
Y sigue Frenández Juncos “Conocí en esa época al doctor Padilla, que ejercía el cargo de médico titular de Vega Baja, una de las más hermosas villas del país, próxima a la capital. Hallábase entonces en el apogeo de su fama de poeta y de su crédito profesional. Desde veinte leguas a la redonda venía la gente en busca de él para consultas médicas o para el tratamiento de dolencias graves. Ejercía una sugestión asombrosa sobre sus enfermos, que se sentían aliviados con la sola presencia de él. A todos atendía con gran interés y con una actividad increíble. Rara vez se le encontraba en su casa: vivía principalmente para sus enfermos.”

Nació, vivió, luchó y versó El Caribe en una sociedad esclavista, institución que aborrecía. Combatió el encubrimiento de lo falso y lo me diocre contra el predominio del caciquismo y la demagogia, y como sus palabras no traicionaban sus actos, antes de la declaración de la abolición de la esclavitud, otorgó la libertad a sus esclavos. Su gesto fue cónsono con el de los abolicionistas hacendados encabezados por Segundo Ruiz Belvis (Mayagüez, hoy Hormigueros, 1819-1867, Chile).

Los abolicionistas protagonistas de la gran gesta puertorriqueña del siglo XIX, representaron las mejores virtudes de justicia social que ya echaban hondas raíces en la conciencia colectiva del país.

Justas y exactas fueron las palabras de duelo el día del entierro de Padilla, ”Ni esclavos tuvo, ni sirvió a señores.”

Unidos para mantener encendida la antorcha del prócer José Gualberto Padilla

ELSA TIO Y THOMAS JIMMY ROSARIO MARTINEZ

Por Elsa Tió |Foto por Robert Rivera

Con el amigo Thomas Jimmy Rosario firmando para mantener vivo el nombre de la escuela Jose Gualberto Padilla. Que desde el 1908 lleva su nombre.Thomas es una de las personas, que con su padre don Jimmy, se han dedicado con esmero y pasión para mantener viva la memoria de El Caribe .

Don Pedro Puig me los presento hace años cuando estaba haciendo la investigación sobre JGP y restaurando su tumba. Su padre don Jimmy, coleccionista y fotógrafo me facilito las fotos del entierro de El Caribe del 1896, que él le había comprado al fotógrafo viejo del pueblo. Y me las facilito para el libro.

Gracias por su constante solidaridad en favor de nuestra historia.

El funeral de José Gualberto Padilla

ELSA TIO

Por Elsa Tió

El funeral de El Caribe

Estuvo su cuerpo tres días en capilla ardiente, y el féretro se paseó por las calles del pueblo, y se detuvo en la cárcel, donde los presos entonaron una oración en su nombre, según narra el periódico El País en el 1896. 

El Caribe, además de oficiar su labor de médico , le leía poesía a los presos.ENTIERRO DE PADILLA